TÍTULO DE LA OBRA:
Y SIN EMBARGO, MUEREN
-Mujeres vulnerables-
CARLOS A. AGUDELO Z.
1. FRUTAS QUE CAEN SOLITARIAS
La fruta desprendiéndose del árbol
-cubierta, hendida- cautelosamente.
Y el sonido del bosque,
Casi silencio, en torno…
Osip Mandelstam
Su nacimiento fue un acontecimiento largamente esperado. Los árboles del bosque agitaron emocionados sus hojas, un momento antes de que el viento se detuviera expectante. Los grandes animales levantaron sus cabezas, oliendo el aire que los rodeaba, convencidos de que algo inusual estaba sucediendo, pero sin lograr definir qué era; los pequeños pájaros y los insectos revoloteaban incansables, ajenos a la conmoción general. Rayos de sol penetraban por puntos diversos, fluyendo entre las ramas, buscando un punto especial para detenerse. El verde lo ocupaba casi todo; sólo aquí o allá brillaban un amarillo y algún rojo. Las enormes montañas verde azuladas acogían entre sus brazos al hermoso valle; como madres protectoras, emitían suaves vibraciones que llenaban de paz al mundo entero.
Así, lenta pero progresivamente, surgió el brote diminuto, creciendo con las lluvias, apoyado por la luz, animado por cada ser del entorno. Unos pocos depredadores miraban codiciosos, aunque ninguno se acercó lo suficiente para representar un peligro. Pasaron los minutos, las horas, los días hasta que la tierna manzana adquirió forma. Ya era bella. Su presencia llenó de orgullo al viejo manzano, que la alimentaba con lo mejor de su savia. Durante las noches, temblaba al pensar que algo malo podría sucederle, pero en las mañanas olvidaba sus temores, ensimismado en la contemplación de su amada criatura.
La textura de su piel fue ganando brillo y vitalidad con el paso del tiempo. El verde de su ser iluminaba ahora a las oscuras hojas secas que cubrían el piso. Nada ni nadie podría decir –sin mentir- que existía algo más magnífico en el universo. En su árbol, las demás la miraban con envidia, convencidas de que había nacido para ser la reina del bosque e incluso de la tierra. Quien la poseyera sería el dueño de la más bella entre las bellas.
Como estaba en su plenitud, todos empezaron a pensar que era ya la hora de la entrega. Al fin y al cabo, cada una de ellas había surgido en el mundo con esa clara misión; era un privilegio cumplirla cuando se hallaban en el máximo de su riqueza, cuando su sabor y su olor podían ser disfrutados sin medida.
El primer humano que acertó a pasar cerca del manzano, jamás habría imaginado que podría ser el causante de semejante conmoción. Su advenimiento fue anunciado milimétricamente por las más variadas voces del bosque:
-Ahora camina por la corriente de la quebrada…
-Se mueve inconsciente por el lado de la enredadera naranja…
-Sube con dificultad por la ladera oeste…
-¡Ya viene! ¡Ya viene! ¡Está a cuatro metros de aquí!...
Tampoco notaría la increíble decepción que generó su alejamiento, la tristeza inmensa que causó a la manzana dispuesta, el desespero y la ira que provocó en los espectadores solidarios:
-¡Ni siquiera la vio!...
-¡¿Cómo es posible que no la haya tomado?!...
-¡Humano estúpido! ¡Humano ciego!...
Y las milésimas de segundo ya no transcurrían con la alegría del crecimiento. Las sombras se lanzaban sobre árboles, hierbas, flores y plantas, ocultándolas a los ojos de los hombres. Un día completo se había desperdiciado. La manzana empequeñecida, humillada, se negaba a creer en la realidad de lo acontecido:
-¡No puede ser! ¡Soy espléndida! ¡Soy perfecta! ¡Soy claramente apetecible!
Sin embargo, inclemente, el tiempo continuó su recorrido, sordo al llanto que caía del cielo, a las súplicas que brotaban silenciosas desde todos los rincones del bosque. Ningún ser –exceptuando, claro está, a los humanos- pudo sustraerse a la tristeza que provocó aquel desperdicio.
Casi vencida, la manzana se aferró a la rama hasta el límite de sus fuerzas. Todavía cubierta, aunque atravesada por una enorme hendidura, fue desprendiéndose irremediablemente de su árbol. En torno, el bosque susurraba la dolorosa despedida. Era el sonido de la nostalgia.
Solitaria en su caída, imaginó -o soñó quizá- que un hombre la mordía.
2. CAZAR LA LUZ
La sombra se inclina peligrosamente a la izquierda, pero no importa. Las sombras no caen, ni se golpean, ni sangran; al menos, no aparece registrado. Camina hasta el centro. Ella recupera su equilibrio. Sonríe. Resulta tan fácil arreglarlo todo, cuando no se saben los detalles; sin embargo, tras conocerlos, ya no interesa si se corrigen o no. Es en su misterio, en la duda, en la posibilidad donde brillan con la máxima intensidad. Durante el acercamiento es cuando el deseo grita; no al estar presente; no al ser satisfecho.
Su relación con la primera niña -Marcela- se inició tras el impacto con sus ojos. Como suponían algunos, fue el choque de dos constelaciones completas. Sólo permanecieron estáticos en medio de la inmensidad, mirándose, ajenos al oscuro universo que los cubría. Ninguno de los dos supo contestarse después cuánto tiempo estuvieron disfrutando aquel estado. De repente, empezaron a caminar en direcciones contrarias, ya sin mirarse, pero teniéndose en lo más profundo de su ser. Se pensaron durante las siguientes dos semanas y se encontraron –también por aparente casualidad- en medio de nada.
Quietos, uno al frente del otro, volvieron a sentirse lentamente. Primero, con los ojos, tratando de recrear aquella primera vez; luego, con el olfato, diferenciando los cambios leves en sus cuerpos; más tarde, con el tacto, sutil, aunque intenso; finalmente, con un sentido innombrable, pero mucho más íntegro. Fueron horas y horas –o eso creían- de silencio expectante.
Desde alguna extraña profundidad, supieron ambos que nuevamente deberían separarse, pero que los ciclos de las estrellas también correspondían a los ciclos de sus encuentros. Ni siquiera intentaron acariciarse o abrazarse. Nadie notó la increíble cercanía que existía entre los dos.
Ya en la tercera ocasión, se hicieron señales invisibles para los demás, aunque claras para ellos y –tras separarse de sus acompañantes- se reencontraron en el parque.
-Realmente usted es diferente a todos. Como yo- Dijo Marcela.
-No me equivoqué. Te he esperado desde hace 21 años- Respondió él, mirándola con una calidez que creía perdida.
-No sabía si podía esperarlo o encontrarlo. Ni siquiera tenía la certeza de que pudiera existir.
-Lo sé. Yo casi pierdo la esperanza…
La diferencia de edades no les importó a ellos, pero causó conmoción entre quienes los observaban; así que los juzgaron, condenaron y separaron. Nada lograron hacer.
***
La segunda niña -Natalia- surgió en su vida tres años más tarde. Al ver los gigantescos ojos azules, de los que brotaba la luz a raudales, supo que tenía una nueva oportunidad. Ella también lo miró, reconociéndolo, pero esperando que él diera el primer paso.
-Sí. Somos iguales –le confirmó- aunque el mundo no lo entiende. Si no tenemos cuidado, nos separarán. Diles a tus padres que quieres estudiar pintura conmigo, porque alguien me recomendó.
La mentira funcionó. Dos veces a la semana, entraban a un universo magnífico, en el que el cuerpo, las emociones, la mente y el espíritu se fusionaban, para potenciarse mutuamente. Su felicidad los transformaba y ese brillo no dejó de ser notado, incluso por los humanos comunes.
-Desde que empezó las clases de pintura, nuestra hija ha madurado de una forma extraordinaria. Ahora ríe y disfruta la vida, como jamás lo había hecho. No comprendo lo que sucede, pero me asusta. Es demasiado bueno para ser cierto.
Así que tras el miedo nació la sospecha. La vigilancia demostró que las pinturas no progresaban al ritmo del cronómetro. Los ojos brillantes insinuaban pasiones escondidas. Las sonrisas frecuentes presagiaban pensamientos oscuros. El desarrollo de los senos delataba juegos prohibidos. La lucidez mental sólo podía significar negativas influencias adultas… El espíritu –por ignorancia- no se tuvo en cuenta.
Los padres se reunieron en secreto y acusaron, sin dar espacio a la defensa. El pintor tenía que ser el culpable.
***
La tercera niña -Mariana- llegó como una revelación:
-Me hablaron de usted. Marcela y Natalia nos están esperando. Me llamo Mariana. Desde hace 7 años los intuía.
Se encontraron emocionadas. Aparentemente por casualidad lograron reunirse. Las tres niñas no dejaban de mirarse, de hablarse, de pensarse, de amarse. No alcanzaban a creer todavía que existieran seres tan similares, tan compatibles, tan hermosos, tan lúcidos, tan sensibles. Llevaban demasiado tiempo sobreviviendo como personas solitarias, siendo excluidas, aisladas, señaladas y ridiculizadas.
Él, un poco distante pero claramente unido a ellas, como una sombra, sonreía. Sin embargo, su experiencia le anunciaba dificultades. Aún siendo él, no estaba seguro de lo que convenía hacer. Cada nueva solución chocaba contra obstáculos insalvables. Se negaba a aceptarlo. Si habían nacido en la tierra siendo diferentes, tenía que existir un sentido oculto. El cosmos no permitía el azar. Todo era causalidad… Pero la respuesta no llegaba.
Al cabo de tres horas, reconocieron que no podían permanecer allí. Durante la cuarta hora exploraron cada opción, infructuosamente. Al comenzar la quinta hora, se despidieron y cada una regresó a “su hogar”, tan ajeno a ellas.
-Estaremos en contacto- Fue lo único que se le ocurrió decir.
Él era el adulto. Pensaban que les había fallado. ¿Pero qué podía hacer? La noche lo cubrió, sentado en el mismo lugar. Faltaba poco, cada parte de su ser lo gritaba, pero aún no era el momento.
***
Dos semanas más tarde, volvió a reunirlas. Eran un grupo de amigas que se reencontraban y los padres no sospecharon confabulaciones perversas.
-Lo he pensado mucho. Ya sé lo que sucede. El problema soy yo. No ustedes. Pueden reunirse cuantas veces deseen y ser amigas cercanas, si yo no aparezco en escena. Mi misión actual consistía en reunirlas. Ya lo he hecho. El resto depende de ustedes. Gracias por la vida y la esperanza que representan. Alguna noche volveremos a vernos.
Las tres niñas se volvieron inseparables. Crecieron, brillaron con luz propia, mientras él las vigilaba desde la sombra. La tierra cambió, pasó su momento de crisis y alcanzó una dudosa juventud…
***
¡Hasta que la hora llegó! La excitación que sentía casi le impedía pensar. Pero fueron demasiados preparativos, para desperdiciarlos en un último momento. Presenció el aumento de su energía, de la misma manera que el caminante perdido en el desierto observa el oasis cercano o que el cazador experto observa el advenimiento de su presa…
¡Sus presas! Se corrigió a sí mismo, con una sonrisa perversa.
Las jovencitas llegaron, rebosantes de amor y de luz. Desde el primer instante supieron –en su lúcido interior- que no era el mismo ser del recuerdo. Su oscuridad había aumentado poderosamente.
¿Era diferente? ¡Claro que sí! Aunque no de la forma que desearon en su ingenua niñez. Ahora lo comprendían. Sólo ahora tenían el nivel para comprenderlo. Como ellas, él se había desarrollado, se había convertido en el revés exacto de su luminosidad. Casi no alcanzaban a creer todavía que existieran seres tan disímiles, tan incompatibles, tan llenos de fealdad, tan opacos, tan insensibles. Una vez más, el cosmos –en su sabiduría, teniendo en cuenta al espíritu- exigía equilibrio.
Era un adulto hombre y ellas únicamente tres jovencitas: nada pudieron hacer.
Él absorbió su luz y el mundo recuperó la sombra.
3. APLAUSO A CUATRO MANOS
Un suave dolor me recorría por dentro. Un pacífico dolor. Calmado. Sutil. Un dolor soportable… El dolor.
Para muchos no tendrá sentido, probablemente para la mayoría, pero sufría porque no lograba escribir un cuento de amor. Me dolía intentarlo una y otra vez, alcanzando tan sólo borradores mediocres, fríos o extremadamente vulgares en la concepción de cada gesto y cada palabra…
En noviembre la ciudad era igual a la de agosto o a la del enero del año anterior. Los hombres y mujeres pasaban de un lugar a otro, sin asombro ante el tránsito de otros hombres y mujeres, que iban de un lugar a otro.
Fue cuando aparecieron los grandes letreros negros, en muros y fachadas. El primero fue tan preciso como los siguientes: ¡No sonría más!
Las gentes pasaban y leían… Luego sonreían.
Sentí instantáneamente que algo en mí había cambiado, gracias al letrero. Me devolvió parte de la conciencia, oculta, adormecida tras la costumbre, tras la monotonía. El mensaje era como una palmada ante alguien que dormita: despierta, observa y comprende que estaba dormido. Algunos se enfurecen contra quien los saca del sueño; otros, se perturban, porque lo consideran como una intromisión; una minoría, agradece el despertar… Pero nadie permanece indiferente.
Yo, quise conocer al autor. Dejé de pensar en mi frustración y empecé a indagar en la calle, en la universidad. Pero nadie sabía nada. Así que me situé cerca del letrero, observando –mientras esperaba- las reacciones de las diversas personas… La mayoría sonreía, aunque no estaba seguro debido a qué.
El segundo apareció la semana siguiente, a pocas cuadras del primero: ¡No abrace a su acompañante!
Lo percibí mucho más radical, como si quisiese saltarse varios pasos, quizá por temor al cansancio, pero todavía conservando la lucidez del pensador. Realmente deseaba conocer aquella mente, aquella personalidad.
Las reacciones de los lectores variaron notablemente en esta ocasión: unos efectivamente se abrazaban; otros, alzaban los hombros interrogativamente; un alto número, se miraba –si iban acompañados- y reía estrepitosamente; algunos, continuaban seriamente haciendo lo que hacían, como si hubiesen visto sin leer o sin entender; algunos pocos, fruncían levemente el rostro al principio, pero luego asumían ciertos gestos que traslucían inteligencia y comprensión… Yo, continuaba esperando.
El siguiente letrero denotaba una asombrosa urgencia, que me hizo sonreír como un cómplice acabado de reclutar: ¡Acaricie ya! ¡Bese ya!
En esta ocasión, nadie actuó el mensaje, probablemente por considerarlo cargado de una intimidad en la que no cabían los terceros. De todas maneras, me hizo pensar que su autor necesitaba de otra conciencia inteligente –obviamente la mía- para adelantarse a las posibles reacciones de los interlocutores involuntarios y así no perder un público que resultaba indispensable.
Espié más descaradamente que nunca en las cercanías del gran letrero, con la certeza del encuentro. Sin comprender cómo, sabía que sucedería:
-¿Le parece interesante? Lo he observado observando, desde el primer mensaje.
Las palabras provenían de una bella y joven mujer morena, con una hermosa cabellera negra, ondulada y larga, vestida con una camisilla de colores vivos, una amplia falda blanca y unos llamativos suecos. Como no era en absoluto la imagen que suponía, me tomó completamente por sorpresa.
-¿Perdón? ¿De qué habla?
-¿Me equivoqué con usted? ¿No está interesado en los grandes letreros negros?- Me preguntó irónicamente, dando por hecho que conocía mi interés.
-¡¿Son suyos?! ¿Está segura?- Mi torpeza, en vez de disminuir, aumentaba.
Sonrió con unos espectaculares dientes blancos, perfectos en su boca sensual, mientras decía:
-Es posible que los haya creado y escrito en medio de mi sonambulismo…
Tras varias horas, parecíamos una típica pareja de novios adolescentes, sentados en la acera de cualquier calle, ajenos a la tristeza, la aburrición o la violencia urbana. Afortunadamente para mí, no me juzgó por mis primeras palabras, sino por mi consistente vigilancia.
En cambio yo, desde antes de saber quién era, me había enamorado. Después de oírla, me extasié. Mirándola minuto a minuto, conocí la perfección. Al final de la tarde, deseaba proponerle matrimonio. Ni siquiera en sueños habría esperado aquella mujer.
El letrero que forjamos entre los dos, durante las más deliciosas horas de mi vida, y que luego pintamos en paredes y muros, en negro y amarillo, decía: ¡Haga el amor mientras camina! Y el siguiente: ¡Ame sentado! ¡Ame de pié! ¡Ame acostado!
Decidimos que el universo entero nos necesitaba. Tanto miedo, tanto odio, tanta soledad, tanta tristeza, tanta ignorancia… podrían desaparecer gracias a nuestra palmada salvadora. Allí estaba el budismo zen para apoyarnos: “¿Qué sonido produce el aplaudir con una sola mano?”
¡Éramos tan jóvenes y nos interesaba tanto lo que sucedía en la tierra! Además, nuestro amor –porque cada uno encontró en el otro la pareja que esperaba- transformaba completamente la percepción de cuanto nos rodeaba.
Olvidé totalmente el escribir mi cuento de amor y me dediqué a amar a mi amada. Ella, siempre un paso por delante de mí, me dijo un día:
-Creo que podemos abandonar los letreros negros y amarillos. Ya cumplieron su cometido, en los lectores y en nosotros; quizá, incluso más en nosotros. Viviendo nuestra relación, he comprendido –como afirmaba Einstein- que el ejemplo es el mejor maestro. Amarte ha sido más maravilloso que motivar a los otros al amor. Sin embargo, ya es tiempo de que sepas por qué empecé a escribir esos textos… Moriré dentro de poco. Tengo una enfermedad incurable…
Continuó explicándome con detalle todo su proceso. Yo escuchaba, dudaba, lloraba, negaba, me impacientaba, gritaba, rechazaba. Pero al final, obviamente, tuve que aceptarlo.
Alcanzamos a amarnos todavía cinco meses más, antes de que muriera. Murió sonriendo. Me pidió que escribiera mi cuento de amor. Hasta me ofreció un título: “Aplauso a cuatro manos”.
4. SÍ, RECUERDO AL VIENTO… CON ELLA
Durante casi tres años lo investigué. Leí lo que decían de él los científicos y los poetas; como resultaban tan diferentes sus versiones, yo mismo lo seguí, filmé sus acciones o –al menos- las observé como sus consecuencias y lo sentí a él como su causante. Todo… tratando de comprenderlo. Pero su invisibilidad dificultaba mi conocimiento. Así que decidí acabar con ese último obstáculo.
Tomé mi equipo de aspersión, con el químico concentrado de color morado, y partí hacia las montañas. Por experiencias anteriores, intuía que debía contactarlo en agosto, cuando su personalidad se hacía más extrovertida y juguetona. No deseaba que se molestara conmigo o que me percibiera como un intruso, que sólo buscaba entrometerse en su vida privada. Llegué al sitio escogido más o menos a las tres de la tarde. No tuve que esperar mucho. El movimiento y el ruido de las hojas me anunciaron claramente su advenimiento. Como nunca lo había visto, no sabía exactamente qué hacer, ni cómo hacerlo. Por el momento, llené completamente el tanque del equipo con la mezcla que tenía preparada y observé. En esta ocasión, parecía intrigado por mis aparejos. Se acercó rodeándome a cierta distancia; primero, deteniéndose sobre las ramas de algún árbol; luego, lanzándome un poco de polvo del camino… Como permanecí completamente quieto, se tomó confianza y vino a tocarme, a mí y a mi equipo aspersor. Con movimientos lentos, para evitar su temor, hundí el botón de salida. La mezcla morada fluyó rápidamente.
Varias manos gigantescas fueron adquiriendo forma, enrollándose en mi cuerpo, introduciéndose en mi máquina, agitando mis cabellos y mis ropas. Parecían figuras elásticas que se estiraban hasta un punto determinado, para después contraerse e iniciar un nuevo avance, hacia otra parte del entorno. Inmediatamente me recordó la caricia de los ciegos, su avance de exploración, su paso repetido aunque en expansión permanente, su insistencia en zonas posiblemente confusas, su manera tranquila de arrastrarse sobre todo, con un toque envolvente.
Dejé salir mucha más mezcla morada, porque quería medir hasta qué límites llegaban aquellas manos magníficas. Pero no contaba con la confusión que la niebla morada causaba en mí. Estaba en el centro de la escena y –por obvias razones- así no podía verla. Dejé entonces mi equipo en el suelo y corrí hacia el borde de la frontera generada por el químico. En el mismo instante, el viento decidió que no merecíamos su poética atención o intuyó lo que mi movimiento significaba, porque se elevó a una velocidad mucho mayor que la mía. Sólo alcancé a notar la retirada de una enorme manta de seda morada, que flotó y se deslizó como un rayo de luz sobre la pradera y se perdió tras la cima de la montaña cercana.
Me dolió su partida repentina, aunque comprendí que no había llegado suficientemente preparado. La próxima vez traería más aspersores y los situaría en puntos múltiples del lugar, a una distancia prudencial que me permitiera ver sin restricciones. Debía darme por bien servido. Ya casi podía asegurar que el viento era una entidad consciente, que posiblemente asumía formas acordes con sus necesidades prácticas del momento, que actuaba de maneras diversas, no constantes, con movimientos también variables, tanto en cuanto a dirección como en lo referente a velocidad. Cada dato era en sí mismo información valiosa, así que yo también me alejé con una sonrisa dibujada en la boca.
Un mes después me consideré listo para el segundo encuentro con el viento morado. Llegamos al sitio sin hacer demasiado ruido. Situamos los nueve aspersores estratégicamente, cubriendo prácticamente todo el valle. Probamos el control remoto que dejaba salir la mezcla química y comprobamos que la filmadora tuviese un buen ángulo de visión; aunque, para esta ocasión, habíamos decidido que mi esposa Adriana sería la encargada de manejarla, ya que la experiencia ameritaba otros testigos. Yo subí a la cima de la montaña, muy emocionado, pero con una extraña incertidumbre recorriéndome de pies a cabeza, como empeñándose en dañarme el momento.
Una vez más, fue el sonido de las hojas quien nos anunció que el viento había llegado. Encendí tembloroso los aspersores y noté que funcionaban perfectamente. La mezcla morada empezó a cubrir toda la zona, justamente cuando el viento entró confiadamente en el valle. Tras unos segundos de vacilación, se comportó como una nube danzarina que recorría todo el espacio. Sin embargo, para mi asombro, rápidamente adquirió la clara figura de un hombre gigantesco. Con un elegante vuelo, se acercó velozmente hasta mi sitio de observación. Todavía hoy no estoy seguro de ello, pero creo haber percibido una sonrisa burlona, que durante milésimas de segundo se formó precisamente al frente de mi cara, para luego dirigirse hacia el punto donde mi esposa filmaba la escena.
Aunque quisiera olvidarlo, lo que sucedió entonces ha quedado grabado indeleblemente en mi memoria. La enorme figura morada giró y giró alrededor de mi amada Adriana, acercándose con cada vuelta un poco más. Desde la distancia yo veía cómo su vestido blanco subía y bajaba, al ritmo que le imprimían las gaseosas manos del viento. Ella –en su confusión- tenía la cámara dirigida hacia el piso, en el que un minuto después la dejó caer, porque trataba inútilmente de evitar con sus dos manos que el viento le levantara la falda. Su magnífico pelo negro también flotaba y se movía, arrastrado por aquellos dedos morados.
Yo ya creía ver no dos manos, sino cientos de manos moradas que rodeaban el hermoso cuerpo moreno de mi esposa. La acariciaban al mismo tiempo en la frente, en las orejas, en la boca, en la nuca, en los hombros, bajaban por sus brazos, se detenían en sus senos, rodeaban su cintura, tocaban sus caderas, se deleitaban con sus piernas, subían ansiosas por sus muslos, se introducían descaradas entre sus ropas y luego surgían -como borrachas- por el cuello de la camisa o por las mangas de las manos o por debajo de las falda, para fundirse por instantes en el cuerpo del viento que las dirigía…
Yo ya no tenía ninguna duda. Aquel maldito viento había decidido convertirse en un hombre, para seducir a mi esposa. Enloquecido, apagué los aspersores, creyendo ingenuamente que así lo detendría… Pero estaba muy equivocado.
Ante mis ojos enrojecidos por lágrimas de impotencia, el –para mí- triste espectáculo continuó, con una impetuosidad que crecía y crecía. Aunque ya no podía ver al viento morado, fui testigo de la progresiva desnudez de mi Adriana. Primero le reventó los botones de la camisa; luego, le arrancó la falda blanca; un poco después, mientras la obligaba a tirarse sobre la hierba, le soltó los tirantes del sostén; finalmente, en cámara lenta, fue haciendo descender sus bragas.
Yo miraba horrorizado cómo el amante -ahora invisible- dominaba paulatinamente la voluntad de mi amada. Ante la pasión, ante el placer desconocido, ante la aventura inesperada, ella fue cediendo. Al principio, noté sus movimientos voluptuosos y su boca entreabierta; después, percibí su respiración agitada, su cuerpo abierto y dispuesto; finalmente, su arqueo demencial y sus gritos ensordecedores.
Llegamos a la ciudad juntos, aunque no nos mirábamos ni nos tocábamos ni nos hablábamos. Hice desaparecer todos los elementos que pudieran recordarnos aquella desastrosa experiencia. Poco a poco fuimos recuperando parte de nuestra vida cotidiana y algo de nuestra vida en pareja, pero nuestros amigos decían irónicamente que ahora parecíamos amigos y no esposos. Nosotros sonreíamos tristemente, sin dar explicaciones.
Han pasado tres años. Cuando el más leve viento surge entre nosotros, los dos temblamos… aunque ya no sé si por las mismas razones.
5. EL DESCENSO DE LA DIOSA
“¡Ya es hora! ¡Debemos dar el ejemplo! Los seres humanos necesitan recuperar la cordura ¡Desperdiciar tanta belleza, durante un solo segundo más, resulta inadmisible! Descenderé a la tierra”
Palabras de la Diosa Dorada, el Día del Descenso
El ocaso llegó a la ciudad, renovado, cargado de colores y formas. Entró por las ventanas de los edificios, humildemente, pese a su magnificencia… Pocos lo notaron. Casi todos se movían con ansias, pensando únicamente en ordenar los múltiples objetos de cada escritorio en la oficina, para poder salir de aquella cárcel cotidiana… El viento también se paseaba con majestuosidad y soltura, recorriendo corredores, incitando cuerpos, liberando deseos ocultos en las pieles sedientas… Únicamente dos jovencitas –casi adolescentes- se estremecieron inquietas, mientras los adultos se arrastraban hasta sus vehículos, con un cansancio de siglos, sin percibir siquiera las cortinas que se elevaban indiscretas… La lluvia decidió unirse al regalo imprevisto y se deslizó tiernamente por techos, paredes, calles y aceras, limpiándolo todo con su generosidad maternal, refrescando los rostros amargos de los niños, de los ancianos, de los hombres y las mujeres de la tierra… Pero ninguno de ellos agradeció su presencia… La noche, imponente, gigantesca, plena de misterio, persuasiva, amante antigua, descendió silenciosa con su caricia inmensa, con su abrazo incondicional, con la sabia certeza de una puerta abierta… Sin embargo, la miraron con temor, con desconfianza, como si nunca la hubiesen disfrutado, como si no la reconocieran.
Por fortuna, Indira no se parecía a nadie; pese a la inconsciencia que la rodeaba, había aprendido pacientemente a reconocer los mensajes que caían desde el cielo. Siempre atenta, sin la seriedad de los académicos ni la desfachatez de los locos ni la apatía de los seres comunes y corrientes, caminaba felizmente bajo la lluvia, chapoteando con sus tenis en cada charco, sonriendo ampliamente ante los lúcidos pensamientos que brotaban en su mente, gozando con la intimidad que le brindaba la oscuridad y con la soledad que le regalaba el clima. Su vestido, húmedo y apretado al cuerpo, revelaba una figura esbelta, proporcionada, decididamente bella, aunque en ese instante era lo que menos le importaba. Desde hacía varios años, había descubierto que la alegría era simplemente una elección, por lo que –ante cada situación que otros consideraban triste, aburrida, dolorosa, angustiante- decidía, con su poder de diosa, ser feliz, una y otra y otra vez.
Indira sonreía, casi permanentemente; reía, estrepitosamente, con frecuencia; cantaba, sin motivo aparente, por las calles, en los buses, en su balcón, en la ducha; abrazaba, sin pedir disculpas, a quienes se atrevían a no rechazarla; besaba a cada ser que consideraba atractivo, fuese hombre o mujer, joven o viejo, animal o vegetal; amaba… como sólo ella amaba. Sus amigos se peleaban a sus espaldas por tenerla cerca, sin comprender que ella no exigía nada a los que deseaban acercarse: si ellos así lo querían, podían acercarse íntimamente, con la certeza de su amor incondicional. Sus enemigas alegaban promiscuidad, facilismo, libertinaje, falta de selectividad, descenso a la animalidad… pese a que en sus corazones la admiraban con furia, la envidiaban con rencor, la temían como se teme al exceso de calor.
Porque Indira brillaba sin modestia, casi ajena a su propia grandeza. Su paso por cualquier salón era como el paso del sol a través de la oscuridad del espacio. Cuando sus hermosos y gigantescos ojos azules se posaban en alguien, se operaba una transformación similar a la que ejerce la luz sobre una planta o sobre un bosque o sobre una montaña entera. Cuando se acercaba a un grupo, las respiraciones se detenían expectantes, hasta que su sonrisa fácil les devolvía la humanidad. Si Indira hablaba, nadie permanecía indiferente a sus palabras, porque únicamente sabiduría brotaba de su boca… Cuando Indira abrazaba, besaba, acariciaba… el afortunado ser al fin comprendía el real sentido de la frase “Hacer el Amor”.
Y como les ha sucedido a todos los dioses que han descendido a la tierra, Indira fue crucificada. Un estúpido y celoso joven la encontró en brazos de otro… Pese a que ella, siempre amorosa, feliz, se levantó del lecho, para abrazarlo y besarlo… el imbécil hombrecito la apuñaló siete veces, apuntando al corazón, llorando enloquecido, mientras gritaba:
-¡Maldita! ¡Si no eres sólo mía, no serás de nadie!
Ella tuvo tiempo para sonreírle, para perdonarle comprensiva, para permitirle que derramara sobre sus ojos sus lágrimas, regalándole así una unión que el torpe muchacho hizo –de otra manera- imposible, mientras le susurraba:
-Tranquilo, también soy tuya.
6. RECUÉRDAME CÓMO ES EL CIELO
El día, como otro cualquiera en la tierra, ya tiene varias horas de vida. Casi nadie es consciente de ello, pero eso tampoco le importa a la mayoría. Todos se arrastran hacia el colegio, hacia la oficina, hacia la calle helada que parece igual a la calle de ayer y de hace un mes.
Sin embargo, las nubes de esta mañana se esfuerzan hasta límites absurdos, creando un dibujo original, pleno de tonalidades grises y blancas, permitiendo sólo por instantes diminutos el surgimiento de un azul o un violeta.
Ella ha sido la testigo silenciosa, aunque hoy no alcanza a concentrarse como el paisaje merecería.
“El más pequeño, de sólo 5 meses, se encuentra en la cuna; su hermanita, de 6 años, parada a su lado, le habla en susurros, sin saber que en la otra habitación es escuchada por su madre, a través del intercomunicador con el que vigila la respiración de su bebé, cuando no puede permanecer con él:
-¡Vamos, recuérdame cómo es el cielo… porque ya lo estoy olvidando!”
La anécdota vuelve a ella una y otra vez, buscándola, perturbándola de una manera extraña, enterneciéndola, entrando en sus profundidades, hasta alcanzar un diminuto punto luminoso oculto en ese interior.
Nerviosa, pasa el cepillo por enésima vez a lo largo de su cabello negro, que brilla en el espejo sin que nadie lo vea. Sabe, con una certeza que la asusta, que la historia es real… Aunque no comprende por qué lo sabe.
¡A veces se siente tan tonta creyéndose diferente, cuando hay tanto que desconoce! ¿De quiénes son las voces que le hablan en los sueños? ¿Cómo supo que la tía Inés había muerto, antes de que se lo dijeran? ¿Qué significa el temblor cuando escucha la “Misa Santa Cecilia” de Hyden? ¿Qué es lo que capta en los ojos de la gente?
Preguntas y más preguntas que a nadie interesan, que nadie responde; al contrario, cuando habla de ello… ¡la miran de una manera!… Así, cada nueva sensación aumenta la confusión… ¡Sin embargo, los días están tan llenos de detalles, de asombros, de rarezas, de emociones! ¡¿Cómo podría ignorarlos?!
El barniz se seca rápidamente en las uñas. Camina hasta la ventana para mirarlas con más luz. Sonríe al percibir que parecen las manos de otra, pese a ser sus manos de siempre, tan reconocibles, tan cotidianas, tan…
“…cuando contemplo mis manos tengo miedo de Dios…”
Casi grita al recordar el verso de Pessoa… ¡Tiene algo! ¡Algo!... ¡Como un golpe al borde de su conciencia! ¡Es un vidrio que se quiebra en el agua! Quizá sea una clave que ella misma se dio en un momento de abandono o de lucidez, pero que ahora no logra traducir. Intuye su importancia, pero se le escapa, se le oculta por alguna razón.
Durante la noche se encierra en su habitación, después de comer. Necesita estar a solas, buscando dentro de sí misma, hasta entender. Sin que le hablen, sin que la miren, sin distracciones.
“…recuérdame cómo es el cielo… porque ya lo estoy olvidando”
Abre los ojos. Poco a poco descubre que está en su cama, en su pieza recientemente decorada por su madre, como regalo de cumpleaños. La luz entra tamizada por la persiana cerrada. Deben ser las 9 ó 9.30 de la mañana. Trata de no moverse, para no dejar escapar la sensación de respuesta que percibe en un espacio remoto, pero todavía accesible… Casi puede afirmar que acaba de llegar… ¡Sí, de llegar!… ¡Ella no estaba allí!
Al despertar, siente claramente que acaba de entrar a su habitación, a su cama, dentro de sus cobijas… ¡Resulta tan extraño! ¡Significaría que su cuerpo estaba allí, pero no ella!… ¡¿Cómo puede ser?! ¡¿Entonces ella no es su cuerpo?!
Todo el día se repitió mentalmente cada sensación, cada paso del proceso y de sus asombrosas conclusiones… Ahora camina sobre la calle húmeda. No logra nombrar con palabras, en su pensamiento, ese olor que tanto le agrada. No se pregunta por qué decide salir de la casa a esa hora. Sólo sigue un extraño impulso que brota desde lo más profundo de su ser.
No es la noche la que la perturba. Tampoco los humanos que recorren la noche y todo lo que se dice de ellos. No, es algo diferente lo que agita su corazón… Quizá un presentimiento, una casi certeza…
Reconoce al hombre, oculto en la sombra del árbol, antes de llegar a él. Sin embargo, no cambia de acera ni retrocede. No busca ayuda en las presencias que intuye cercanas. Como un río que fluye –inexorablemente- por su cauce hacia el mar, va a su encuentro, sabiendo perfectamente que es algo ineludible. Porque no va en busca de ese desconocido o de lo que él representa, sino que corre hacia su respuesta.
Ahora siente la tibia humedad roja bajo su blusa. No hay dolor. Un cansancio nuevo se apodera de sus piernas. Piensa en la violencia de la ciudad dormida, en sus padres, en sus amigos, en pequeñas escenas que tenía olvidadas.
…Y ella en ese instante recuerda. El recuerdo es más hermoso que la imaginación y más hermoso que la realidad. Por eso se impone. Todo lo demás se borra.
Él no entiende. Ella no gritó, ni trató de escapar, ni lo miró con furia o miedo. Le sonrió como nadie le había sonreído jamás y lo miró como nadie lo había mirado.
La observa allí tirada en medio de la sangre, ajena a su confusión, a su oscuridad. Corre torpemente por la calle que se retuerce bajo sus pasos, tratando de alejarse de las palabras que, sin embargo, lleva ya -por siempre- en su interior:
-¡Ah, señor! ¡Es magnífico! Pero no puede describirse… ¡El cielo no alcanza a describirse! ¡Tiene que recordarse!
Ya sin demoras, sin miedos, sin dudas, estira sus alas y vuela de regreso.
7. EL ENTIERRO DE LA JUBILADA
Está allí, una vez más, parada en su balcón del piso 16. Observa la ciudad que ya no desea saber nada de ella, que la rechaza y la olvida, considerándola una inútil, un estorbo. Abajo, las gentes se apresuran hacia sus trabajos, hacia sus vidas llenas de sorpresas, de amigos, de ruido y alegría. Nuevamente, las lágrimas brotan, con facilidad, como si las hubiera tenido reservadas para esta época en especial. Hace frío. Quizá se está resfriando. Pero no se mueve. Sigue recordando. Ella también salía apresuradamente, diciéndose que era injusto levantarse tan temprano, cuando las sábanas estaban calientitas, abrigadoras… ¡Cuánto daría hoy por ser una de aquellas personas laboriosas!
Entra a su apartamento. Su mirada tropieza con el inservible teléfono al que ya nadie llama. Por un instante, piensa que sería bueno saludar a sus compañeros de oficina. Apenas estarán llegando, reuniéndose alrededor de la cafetera, comentando las trivialidades de siempre, haciéndose las mismas tontas bromas, coqueteándose los unos a los otros inconscientemente. Sin embargo, el orgullo le impide llamar; la última vez había creído percibir un tono de lástima al otro lado de la línea. No, no volvería a pasar por esa vergüenza, por esa rabia. Prefería irse pudriendo sola, en medio de sus muebles viejos, de sus viejas fotografías, de sus ropas viejas, de sus nuevas tristezas.
Encendió el televisor por costumbre; en realidad, no tenía ánimos para sentarse tan pronto a ver noticias repetidas. Pasó de canal en canal, sabiendo de antemano que no se detendría en ninguno. Cuando lo apagó, se recostó en la silla y vio una telaraña, en la esquina de la pequeña biblioteca. Se levantó con dificultad, sosteniéndose la cintura, sobre la cadera derecha, mientras se apoyaba con la otra mano en la rodilla izquierda, para tratar de aminorar el dolor de puñalada que siempre estaba allí. Arrastró sus pantuflas hasta la cocina; tomó el sacudidor y recorrió, lentamente, toda la casa, quitando suciedades reales o imaginarias, deteniéndose en algún recuerdo más que en otros.
Preparar el almuerzo ya no le ofrecía la felicidad de los primeros días de “libertad” (y pensó en las comillas con una débil sonrisa irónica); ahora, era únicamente una carga extra, una obligación del cuerpo. Comer a solas se fue convirtiendo en su tortura particular. El sonido de los alimentos en la boca le gritaba la ausencia de otros. Quizá por ello comía menos y menos cada vez. Cocinaba simplemente algo que calmara el dolor del hambre en el estómago, ese otro vacío ardiente que quemaba sus entrañas. Dejó el arroz en bajo y caminó hacia la ducha.
-¿Para quién me baño, todavía? ¿Quién notará en mí un olor diferente? ¿Quién apreciará el peinado que me demanda tanto tiempo? ¿Qué importa si me arreglo o no, si me visto o no a la moda, si mi cuerpo engorda demasiado, si camino con la coquetería suficiente?- Se preguntaba, como había hecho tantas veces en los últimos días- No puedo seguir así. Mi vida no tiene sentido. Tengo que cambiarla o morir- Y sus palabras finales quedaron resonando profundamente en su cerebro- ¡Sí, prefiero morirme que seguir con esta desesperación, con esta soledad, con esta tristeza enorme! ¡Ya no aguanto más este apartamento sin compañía!
A partir de aquel momento, la idea rondó obsesivamente su cabeza… “Si no hubiese rechazado a los dos hombres que le propusieron matrimonio”, “Si hubiese sido más atrevida con los hombres que le gustaban”, “Si fuera más bonita, quizá lograría que alguien se interesara en ella”… Hasta que resultó clarísimo para ella lo que debería hacer.
Toda la tarde y toda la noche estuvo emocionadísima. No entendía por qué no lo había hecho antes, si era tan obvio. Casi no pudo dormir esperando el amanecer. Se levantó, desayunó y se bañó con una excitación que no sentía desde hacía demasiados años. Se esforzó como nunca con el maquillaje, con la selección de la ropa, con la combinación de cada accesorio. Finalmente, se miró satisfecha en el espejo.
Al salir de la urbanización, creyó percibir una mirada coqueta del portero, así que caminó muy segura de sí misma hasta el taxi. Mientras viajaba, olió orgullosa el perfume francés que brotaba de su cuerpo. Todo en ella era optimismo y alegría, cuando llegó al centro comercial. Sin dudarlo, se dirigió hacia el restaurante. Pidió un capuchino… Y empezó a revisar detalladamente cada presencia masculina.
Descartó a los primeros, por jóvenes; a otros, por ir acompañados; a un tercero, por no ser bello; pero el cuarto candidato… resultó de todo su agrado. Se trataba de un hombre maduro, muy elegante, aunque vestido con ropas deportivas. Leía despreocupadamente el periódico, usando unos lentes gruesos con fina montura. Su pelo plateado le daba una dignidad especial. Cuando se sintió observado, la miró… pero no correspondió a su sonrisa. Quizá era tímido o lo había sorprendido con su mirada descarada, así que no se desanimó. Descruzó las piernas y volvió a cruzarlas un segundo después, cuidando que la falda se subiera hasta un poco más arriba de la rodilla, exponiendo deliberadamente parte de su muslo; era una vieja táctica que aún recordaba; le había dado muy buenos resultados en el pasado. Él lo notó y la miró fijamente a los ojos, aunque con una frialdad que ella no se esperaba. La nueva sonrisa se le congeló en el rostro y casi entra en pánico, pero logró controlarse. Le volvió a sonreír… ahora más abiertamente. Él, sin dejar de observarla, llamó al mesero para pagarle su consumo. Se levantó de su silla y se dirigió resueltamente hacia ella.
¡Había dado resultado! ¡El caballero vendría ahora y la invitaría a tomar una copa o a dar un paseo! Su corazón se aceleró violentamente. Casi no lograba respirar, pero recordó bajar la mirada y aparentar un cierto temor, para que él se enterneciera con su ingenuidad. Cuando ya estaba a su lado, levantó sus ojos esperanzados… Del hombre surgía un desprecio sin igual. Antes de que pronunciara la primera palabra, ella ya sabía que se había equivocado completamente.
-¡Señora, tenga dignidad! ¡No se rebaje de una manera tan vulgar! ¡¿Acaso no se ha visto en el espejo?! ¡Usted ya es una anciana, no una jovencita!- Y, tras escupir aquellas terribles palabras, el hombre se alejó furioso.
Por unos minutos, ella quedó petrificada en su silla; luego, las lágrimas fueron saliendo inconteniblemente desde las profundidades del alma. La pintura de ojos se corrió, ensuciándole el rostro. También el pintalabios se derramó, mientras ella intentaba detener el llanto que amenazaba con ahogarla. Dejó algún dinero sobre la mesa y salió encorvada del lugar. Parecía cargar con el peso de todos los dolores humanos, cuando alcanzó a abrir la puerta de su apartamento. Se derrumbó sobre el sillón.
Toda la noche se escucharon los gemidos lastimeros de la jubilada; a veces, crecían en intensidad; a veces, decrecían, como si se hubieran agotado las energías de la pobre mujer. Cuando la nueva mañana llegó, ya ella había tomado una decisión irreversible. Nadie la volvería a ver.
Efectivamente, desde entonces se encerró en su tumba enorme, de tres habitaciones, con balcón, en un barrio calmado, comprado por sólo 120 millones de pesos, pagados en cómodas cuotas mensuales.
8. COLEGIALA
(Homenaje a Witold Gombrowics)
No sé exactamente en qué momento empecé a notar que ella me miraba, pero –cuando decidí prestar la atención suficiente- comprobé que lo hacía cada 10 ó 20 segundos, y que lograba hacerme sentir incómodo, aunque también orgulloso de mi posible atractivo.
El destartalado bus urbano iba completamente lleno, así que los dos –sentados en la última banca- no podríamos ir tan juntos en una circunstancia que no fuese aquella, sin que algún prevenido espectador se dignase calificarnos de inmorales.
Me miraba tímidamente, con una leve inclinación de cabeza y un gran esfuerzo de los ojos –que se quedaban fijos en el extremo mismo de la cavidad para ellos dispuesta, casi desperdiciándose tras los párpados- como si temiera ser atacada por una de las partes de mi inofensivo cuerpo, y que –siendo así- necesitara vigilarme constantemente.
Noté que su respiración se hacía cada vez más dificultosa. Y -por supuesto- también la mía cambió su ritmo normal, natural. Ya el aire no bastaba para ninguno de los dos. Muy decentemente, demostrando una calma que no poseía, pedí al pasajero situado delante de nosotros que abriese en su totalidad la ventanilla, lo que hizo sin pronunciar una sola palabra.
En ese mismo instante, sentí una pierna extraña rozando mi pierna. En milésimas de segundo, supe que esa otra pierna le pertenecía a ella. Cuando la sorpresa me lo permitió, correspondí con un roce similar (ya que nunca dejo de responder a una interpelación, por indirecta que ésta se presente). Desde aquel momento desaparecieron de mi campo sensorial el bus, los pasajeros, la calle y el tiempo, para dejar lugar exclusivamente al –poco tradicional- diálogo de piernas.
Tampoco sé con exactitud qué mensajes indescifrables se transmitieron aquellas piernas (pese a que una de ellas me perteneciera); de todos modos, debieron ser incompletos, ya que nos vimos precisados a complementarlos con miradas de una duración indefinida, que parecían hacer innecesario el tan popular lenguaje compuesto de palabras.
Creo que así hubiésemos continuado durante mucho tiempo, si ella –de repente, sin que mediara aviso alguno- no levantase la mano en dirección al pequeño botón, situado sobre su perfecta cabeza… ¡Pensaba quedarse en aquel lugar, sin ofrecerme explicación alguna!
Yo, irreflexivamente, con temeridad digna de mejor causa, la tomé del brazo. ¡Oh, horror! Ella, tan cándida en su uniforme de cuadros, tan niña con sus trencitas oscuras… ¡ella! … se desprendió violentamente, alzando la voz –hasta lograr que todos la miraran- mientras exigía respeto y seriedad, para luego –con gran calma- bajarse del bus.
Yo, pobre de mí, quedé allí paralizado, aterrado, incapaz de pensar, soportando –heroica y estúpidamente- las burlas, los comentarios de los demás pasajeros, deseando ser sordo a sus palabras e invisible a sus sádicas miradas.
Encerrado en mi cuarto, me dediqué a meditar en el desgraciado suceso. No lograba comprender la inconsecuente actitud de la bella colegiala, como tampoco el ilógico sentimiento de culpa que me embargaba.
Mas, joven al fin, inquieto y curioso frente al mundo que me rodeaba, pasadas algunas semanas, olvidé aquellas profundas reflexiones, para entregarme por completo al estudio de las extrañas tareas escolares.
El incidente hubiese terminado allí, si la casualidad –o la inagotable ley de las probabilidades- fuese perdiendo su poder, como el tonto los años.
Yo estaba sentado en la última banca –siempre igual- observando tranquilamente a los pocos pasajeros que viajaban conmigo. El bus se detuvo. Una linda jovencita subió a él. Los recuerdos invadieron mi mente. Un frío sudor recorrió todo mi cuerpo… ¡Era ella!
Pese al temor y a la pena que sentía, no pude dejar de mirarla (no me pregunten por qué). Noté cómo ella –poco a poco- también me reconocía. Contra todas las predicciones, me sonrió y –aunque la mayoría de sillas continuaban vacías- se dirigió resueltamente hacia mí, sentándose a mi lado.
Al principio no supe qué hacer, pero luego –al recordar la vergüenza que me infligiera en el cercano pasado- la creciente ira me obligó a mirarla directamente, para reprocharle su poco humanitaria acción.
Sin embargo… ¡oh incomparables designios de la incolora naturaleza racional!... ¿qué fue lo que vi? Un rostro angelical, una postura intachable, una seriedad ejemplar, que inmediatamente me serenaron (como puede calmar al ingenuo turista la aparición del policía en la calle oscura). Sí, contagiado por tanta respetabilidad, tanta dignidad, candor e inocencia, crucé los brazos y continué rígidamente sentado, mirando con fijeza hacia el frente.
No habían transcurrido aún cinco minutos de recíproca y silenciosa respetabilidad, cuando ¡ay! noté que el corazón dejaba de palpitar (como era su costumbre, en la generalidad de las situaciones que debió experimentar, en el transcurso de una pacífica vida, inconscientemente arrastrada por su dueño)… ¡Miento! Palpitaba tanto que no parecía ser el mío, por lo que creí el propio fallecido.
¡Sí! ¡Sí! ¡Clara era la presencia –ya conocida- de otra pierna contra mi pierna… y aquel roce insistente! ¡Sí! ¡Sí! ¡Una pierna que –maldito mi destino- sin duda, a ella pertenecía!
9. LA COLA DE LA COMETA
Es que vos, con tu carita que no es ni larga ni redonda, me mirás a veces de una manera… Me hacés pensar que bajaste tu puente levadizo, ese que subís cuando te digo delante de todo el mundo que te amo. Entonces yo –que no soy perezoso, aunque sí premeditadamente lento- subo muy confiado por tu mano, o –si está haciendo mucho frío- por tu rodilla, únicamente para darme cuenta de mi equivocación o de mi llegada tardía, porque inmediatamente la mano tiene que quitar un pelo de la cara o la pierna se entumece y necesita esa posición que tanto te gusta, allá, cruzada, segura al lado de la otra pierna, y yo me veo obligado a decir cualquier tontería:
-Es que sos tan graciosa.
-¿Sí? ¿Por qué?
-No, por nada… Y nos toca volver a empezar, a seguir jugando a coger la cola de la cometa, porque el jueguito toma vida propia y nos abraza para que demos vueltas juntos, interminablemente, como con el carrito rojo de bomberos que tenía –hace 17 años- Juanito, el de la esquina de mi casa.
Sí, era lo mismo. Si yo me quedaba quieto, no alcanzaba a cogerlo; si me movía hacia él, el ansiado carrito también se movía, tirado por la cuerda que tenía Juanito. Y si yo entonces lo miraba rabioso, me paraba, le daba la espalda, empezaba a caminar… él, Juanito, me llamaba y me decía que tomara tranquilo el carrito rojo de bomberos. Yo le sonreía (antes sonreía por todo), me acercaba, me agachaba para acariciarlo, pero la cuerda se tensionaba y lo llevaba lejos de mí.
Yo me iba, lloraba, gritaba malas palabras… Hasta el otro día y el siguiente y los demás de la semana, en que volvía sonriente, pensando en la posibilidad de que la cuerdecita se rompiera…
Y así con vos, con tus ojos tan negros y tus dientes tan blancos como conejitos-soldados, esperándome en la misma banca, sonriéndome con la nariz y con la boca. Tan deliciosa vos, con tus brazos morenos de vellitos dorados, todo tu cuerpo escondido en esa tela roja de cuadros, llamándome aunque no me estés mirando, aunque estés de espaldas… ¡Tan inteligente vos… tan tramposa! ¡Hermosa mía! ¡Amada mía!... Hoy me contaste, con tu carita más maliciosa, que tenías un disco nuevo.
-¿Podemos oírlo en tu apartamento?
Y yo respondí que sí… porque al fin se han reventado las cuerdas del puente levadizo...
Te reíste. Siempre te reías cuando no lograbas comprender mis palabras o mis gestos.
Llegaste al edificio a las 8.00 p. m., amor mío. Justo cuando sonaban las ocho campanadas. Justo cuando la realidad recobró su reino. Exactamente ahora, cuando por nada del mundo querría que murieran la memoria y sus sueños.
10. ELLA, LA ENVIADA
La vi e inmediatamente supe –por primera vez en mi vida- que era Alguien excepcional. Quería permanecer a Su lado cada instante, mirarla, abrazarla, amarla… pero no por ser una mujer; tampoco porque deseara convertirla en mi pareja, ni siquiera se me pasó por la mente semejante idea; mucho menos por creerme necesario para su misión…
Ella era Ella. Plenamente, con una luz inigualable, con un poder irresistible, con un Amor magnífico. Más tarde comprobaría que a casi todos nos afectaba de aquella manera.
Nadie conocía Su historia. Algunos del grupo habían incluso intentado rastrear Su ascendencia, sin resultados claros. Cuando se Le preguntaba, sonreía y evadía sutilmente la respuesta o la postergaba directamente. Tampoco importaba. Únicamente ansiábamos Su presente, Su deliciosa presencia. Nada más.
Vivía en una pequeña cabaña, en las afueras de la ciudad. Los vecinos La visitaban usando cualquier excusa: “vengo a traerle esta lechita”, “pasé para ver si necesitaba algo”, “quería consultarle acerca de este problema”, “deseaba solamente saludarla”… Frases sencillas a las que correspondía con Su cariño fácil, con Su trato respetuoso y cercano. Estar a Su lado sanaba cada herida. Uno se preguntaba cómo había logrado sobrevivir antes de Ella.
Así, a ninguno le extrañó la creación tácita del grupo. Fue aumentando vertiginosamente en número y en variedad. Sin cita previa, sin ceremonias ni rituales, nos sentábamos a Sus pies para beberla plenamente, felices por estar a Su lado. Las horas transcurrían a velocidades absurdas. Ni cuando caía la noche pensábamos en abandonarla. La medida de nuestro gozo se contaba según los minutos pasados con Ella.
A veces, se sentaba en una silla alta, a la entrada de la cabaña, para que todos lográramos percibir el instante en que Ella nos miraba directamente a los ojos; en otras ocasiones, caminaba lentamente a través de los senderos invisibles que inconscientemente predestinábamos para Sus sandalias, esperando el momento en que suavemente acariciara nuestra cabeza o nuestro rostro; con frecuencia, se quedaba en el centro de la espiral que formábamos para restar centímetros entre nosotros y Ella, mientras aspirábamos Su fragancia única o escuchábamos embelesados Sus historias y parábolas.
Nos transformaba. De seres pequeños, atemorizados, insulsos, tristes, egoístas, furiosos… forjaba chispas divinas. Nuestros cuerpos ahora brillaban con luz propia. Por ello Su fama se esparcía como un viento cálido y veloz. Ya casi no cabíamos en la amplia hierba verde que rodeaba su pequeña cabaña.
Fue entonces cuando llegaron los medios de comunicación. Al principio, tímidos periodistas solitarios, tras una incierta noticia, que salían convertidos en adeptos emocionados; después, cámaras de filmación, que no sólo contaban la crónica de los hechos, sino que evidenciaban La Presencia Carismática; y finalmente, las cámaras de televisión, en vivo, anunciando la llegada de “La Enviada”, La Salvadora”, “La Hija de Dios”, “La Diosa”.
Nosotros no sabíamos qué hacer. Por un lado, nos conmovía el que muchos humanos más La conocieran, se beneficiaran con Su Presencia, La disfrutaran como nosotros… Pero, por otra parte, nos dolíamos por Su distanciamiento obligado (las multitudes nos separaban de Ella), nos culpábamos como niños por sentirnos menos queridos (Ella no nos miraba a los ojos, ni nos acariciaba personalmente), pese a que entendíamos que Le resultaba físicamente imposible, ante el número impresionante de nuevos seguidores.
La situación amenazaba con desbordarse. Quienes, arrastrados literalmente por las oleadas humanas, se iban alejando más y más de Ella, empezaban a usar la fuerza o el engaño o el soborno o la violencia en las palabras y en el gesto, para tratar de acercarse aunque fuese un poco.
Cuando creíamos que el desastre era inminente, Su dulce voz se hizo escuchar en todas partes, a través de parlantes, radios, televisores portátiles:
-Mis amados. Ya nos hemos reconocido. Ya saben o intuyen quién soy y quién es cada uno de ustedes. Siempre estoy y estaré con ustedes. Lo que vine a despertar aquí, ya lo he despertado. Ahora debo partir hacia otra zona del mundo. Encuéntrenme en su interior. No salgan a buscarme en el exterior. Los amo infinitamente.
La voz dio paso a un silencio absoluto. Nadie se movía. Nadie hablaba… Tras un tiempo indeterminado, las multitudes acalladas empezaron a abandonar el lugar. Cada quien retornó a su propio hogar, pensando en Ella, meditando en el poder de Sus palabras.
Durante los siguientes días, encendíamos los radios o televisores con la esperanza de verla, oírla o –al menos- tener noticias Suyas.
Efectivamente, los medios de comunicación La encontraron en otra zona del mundo. Sus historias detallaban lo que ya nosotros habíamos vivenciado personalmente. Poco a poco, Ella recorrió con Su Luz cada continente. Cuando la tierra entera pudo conocerla, supimos que un hombre enloquecido la había asesinado, disparándole varias veces en el corazón.
El hombre únicamente afirmó que Ella, dentro de su cabeza, le ordenó hacer lo que hizo. Que –como él la amaba tanto- no lo había dudado. También dijo que Ella nos pedía meditar en un último mensaje:
“Físicamente me resultaba imposible estar -con cada uno de ustedes- contigo, pero ahora espiritualmente puedo hacerlo”.
Todos los medios del mundo transmitieron y retransmitieron estas palabras. Quien las leía o quien las escuchaba sentía su presencia.
11. VIOLACIÓN
El hombre violento ya no está, pero sus inmundas caricias queman. La cometa multicolor vuela majestuosa sobre el viento. La niña –sucia, sudorosa, avergonzada- la sostiene, con sus débiles pies anclados a tierra. Las huellas de los golpes, aún visibles, no ocultan las lágrimas que descienden generosas.
El viento furioso arremete. La cuerda tensa tiembla en sus manos. Ella no duda ni un instante… y suelta. Sabe qué libera. La admira ascendiendo, en medio del remolino. Sonríe, aunque los labios sangran. Luego, observa la ciudad, el vacío, el pavimento distante… y también ella se suelta.
Nadie ha visto nada.
12. YO SOY FÁCIL DE QUERER
“Sólo tú haces de mi memoria/ Una viajera fascinada/ Un fuego incesante”
Alejandra Pizarnik
Todos sonreíamos al mirarla, como si resultase imposible responder a su rostro, a su presencia magnífica, de una manera diferente. Se sentía una comodidad natural a su lado, una tranquilidad parecida a la del agua quieta, a la de los árboles movidos suavemente por la brisa, a la del ocaso frente al mar… No resultaba sencillo aclarar lo que generaba su cercanía o –incluso- su recuerdo, pero en ese entonces a nadie le interesaba la lógica o la explicación, sólo deseábamos sus miradas o sus abrazos o sus tiernos besos o sus palabras felices. Estar con ella era la medida de nuestras horas y de nuestros días.
La habíamos conocido, aparentemente por casualidad, a la entrada del “Subterráneo”, el teatro al que acudían los artistas y bohemios de la ciudad. Sentada a solas, leyendo un libro de poemas de Emily Dickinson, mientras saboreaba su helado de vainilla con pasas, ni muy cerca ni muy lejos de las demás personas, sonreía de vez en cuando ante las insinuaciones y afirmaciones del poema, demostrándonos así que leía con conciencia, no con la seriedad de quien lee por obligación.
Fue imposible no acercarse a ella. Imán poderoso, nos atrajo sin disculpas, con la fuerza de quien conoce sus alcances. Su amplia falda ondeaba contra el viento como una advertencia. Desde el primer paso en su dirección, levantó la mirada hacia nosotros con ojos inquisitivos, perturbadores, hermosos… Pero, tras una breve inspección, nos recibió con su sonrisa blanca y abierta. Habíamos pasado victoriosos por una evaluación profunda, hecha sólo de intuición, de experiencia inconsciente. Luego sabríamos que nunca se equivocaba. Se podía confiar ciegamente en su juicio.
-¿Podemos sentarnos a tu lado?
-¡Claro! ¡Bienvenidos!
Tras esa sencilla introducción a su mundo, iniciamos la más maravillosa de las experiencias humanas: amar incondicionalmente. La amábamos de día y de noche, despiertos o dormidos, a solas o acompañados por sus incontables admiradores. Caminar con ella por las calles era una aventura difícil de olvidar. La abrazaban sin inhibiciones los vendedores ambulantes, los lustrabotas, las cantineras, los conductores de autobuses o taxis, estudiantes, profesionales, prostitutas y monjas, genios e idiotas… Sin embargo, también fuimos testigos de encuentros con seres a los que no permitía ningún acercamiento; con una simple mirada los detenía a un metro de distancia… Ellos, cabizbajos, se alejaban adoloridos, pero demostrando con cada movimiento que reconocían su poder y aceptaban su negación. Nunca vimos violencias físicas o verbales.
Poco a poco, nos volvimos sus acompañantes diurnos, pese a que jamás nos informó cuáles eran sus teléfonos, la dirección de su casa, los familiares –si es que los tenía- con quienes vivía… y esos otros datos que considerábamos normales en los demás humanos, pero que en ella pasaron a ser secretos misteriosos, que guardaba celosamente. Tampoco sabíamos lo que sucedía con ella durante las noches o los fines de semana. Para nosotros eran terrenos vedados.
Al menos –pensábamos que afortunadamente- se convirtió en un ritual el llegar a las 2.00 en punto a las zonas verdes del “Carlos E. Restrepo”, para luego dejarnos guiar por ella hacia emocionantes encuentros con los más disímiles personajes, en los lugares más dispares, en situaciones que variaban desde las trágicas ayudas a desplazados o víctimas del invierno, siguiendo con orfanatos, ancianatos, centros de rehabilitación, hogares de paso, discotecas, bares y cafetines, hasta las divertidas caminatas por los cerros cercanos o por los distantes bosques de “Santa Helena”; en otras ocasiones, nos quedábamos sentados en cualquier parque o acera, mirándonos en silencio o cantando en coros destemplados el “Carmina Burana” o la última versión de Sidney O`Conors, las rancheras de Vicente Fernández, boleros de cantantes desconocidos o nos dedicábamos a tararear sonidos vocales que imitaban improvisaciones de jazz… Con ella, éramos felices como adolescentes inmaduros e inquietos, como niños en vacaciones, como adultos sin preocupaciones u obligaciones. Con ella…
Pero cuando ella no estaba, el mundo perdía brillo. Las horas no transcurrían con la fluidez que brindaba su compañía. La libertad parecía sólo una palabra de diccionario. La alegría se volvía un triste recuerdo, una nostalgia. La vida dejaba de ser un maravilloso campo de juegos, para transformarse en una cárcel diminuta, donde no deseábamos permanecer.
Nos habíamos convertido en adictos. Sin saberlo, ella nos imposibilitó –con su forma única de vivir, amar y gozar- para aquello que, contradictoriamente, nos regalaba con su presencia: vivir, amar y ser felices… Cuando nos hicimos conscientes de aquella dependencia absoluta, nos miramos entre nosotros con la esperanza de percibir -en alguno de los rostros- el milagro que necesitábamos: estar bien, sin separarnos de ella. La amábamos incondicionalmente, así que no podíamos responsabilizarla de nuestra torpeza. Ninguno de nosotros osaría siquiera pedirle cuentas o exigirle que cambiara su forma de ser o su manera deliciosa de tratarnos. Sabíamos –ya con demasiada claridad- que ella era fácil de querer, pero posiblemente imposible de abandonar o de olvidar. No veíamos soluciones. No existían centros especializados para desintoxicarnos de semejante mujer.
Contra todas las predicciones, fue el amor quien trajo la respuesta. Sin embargo, no era la que nosotros habríamos esperado o –en nuestro egoísmo- deseado. Al principio, notamos que algo había cambiado en ella. Brillaba más que nunca, sonreía con más frecuencia, nos abrazaba con mayor emoción, nos llenaba con una nueva ternura y nos hablaba permanentemente de las bondades del amor.
Después de algunos días, empezó su progresiva ausencia: primero, de 24 horas; casi morimos con el desespero que se apoderó de nosotros, con la inquietud que inundó nuestros pensamientos. Más adelante, fueron 48 eternas horas, durante las cuales hicimos todo tipo de cábalas, sacamos las más descabelladas deducciones y encontramos las más absurdas razones. Al final, no supimos de ella durante tres largos días; fue entonces cuando nos atrevimos a preguntarle qué le habíamos hecho para tratarnos de esa manera. Su respuesta nos dejó estupefactos, indefensos, incapaces de actuar, pese a que ya habíamos decidido cambiar el mundo de lugar o destruirlo, con tal de que ella volviera a ser la misma de siempre con nosotros:
-Estoy profundamente enamorada. Nunca creí que existía algo más hermoso que lo que ya tenía. Nunca pensé que podría amar a alguien más de lo que ya los amaba a ustedes.
Y nos habló de él, durante horas...
No tuvo que explicarnos nada más. Ella misma nos había enseñado lo que era el amor, con su vida diaria ¿Qué podíamos hacer? ¿Qué debíamos pedir? ¿Qué exigencia tendría sentido en aquellas circunstancias? A partir de ese instante, sólo fuimos espectadores distantes de su amor en pareja. Con enorme tristeza nos vimos obligados a disfrutar las migajas de su tiempo, incapaces aún de aceptar su ausencia total, pero ya era fácil adivinarla.
Así que, haciendo acopio de todo nuestro amor por ella, comprendiendo que se merecía plenamente su propia felicidad, conocedores de nuestras obvias debilidades y adelantándonos a las dolorosas escenas que seguramente le causaríamos, decidimos no volver a nuestro lugar de encuentro. Ese fue nuestro regalo en aquella navidad.
Nuestra historia cerca de ella llegó a su fin, aunque nuestro amor por ella será eterno.
13. BELLEZA
Simplemente consideraba que la belleza era más gratificante. No creía que necesitara darle explicaciones a nadie. Era su decisión. Los demás también tenían derecho a elegir. Ellos seguramente preferirían el sexo o la violencia o el dinero o el poder o la fama o la aceptación social. Estaba bien. Cada quien elige lo que considera más adecuado para vivir su vida, para acercarse a la felicidad, para darle un significado a su existencia. Probablemente el nivel cultural explicaba parte de la elección, aunque estaba segura de que no constituía el factor más importante. Su sensibilidad ya le había causado distanciamientos en el pasado. No importaba. Asumiría las consecuencias.
Cuando tradujo en palabras aquello que venía sintiendo, notó que su ansiedad desaparecía… y sonrió. Ahora comprendía muchas de las emociones inexplicables de los últimos meses ¿Cómo podía haber sido tan ciega? Se había comportado como una más entre esa multitud que tanto menospreciaba. Su falta de conciencia era casi imperdonable; sin embargo, ya que el error quedaba corregido, no necesitaba condenarse.
Llegó a la montaña plena de ilusiones. Como si estuviera recargando su viejo computador, empezó a absorber la belleza del paisaje. Los múltiples verdes la extasiaron. Los diversos brillos, creados por el sol de la tarde, penetraron muy dentro de su ser. La sabia caricia del viento le recordó que aún nada tenía perdido. Como el fénix, renacería en medio de la ciudad gris, entre las gentes oscuras. El suicidio podría aplazarse para otra ocasión. Ni siquiera los molestos mosquitos del anochecer lograron disminuir su goce. Las estrellas sólo llegaron para confirmar su nuevo poder. Estaba preparada para volver a la cotidianidad.
Los estudiantes –jóvenes al fin- notaron inmediatamente su transformación. Le preguntaron la razón de su felicidad. La trataron de impacientar con torpezas diferentes. La acosaron con miradas maliciosas y palabras irrespetuosas. La probaron con irresponsabilidades y desconocimientos. Pero nada pudieron contra la fortaleza recién adquirida. Tras disfrutar sus bellos rostros y la claridad de sus miradas, recorrió los pasillos del colegio admirando lo que durante tantos años se había negado. Ya no se arrastraba sufriendo con sus obligaciones diarias; ahora, gozaba de la magnificencia del paraíso. Un simple cambio de percepción había operado el milagro. Parecía imposible, pero personalmente lo estaba experimentando.
Sentada en una de las jardineras del parque, disfrutando el helado de vainilla, aspirando los olores de cada ventorrillo, acariciando con la mirada a las mujeres y hombres que pasaban caminando, reconoció que habitaba un mundo diferente. Aunque pensó que tenía derecho a dejar las cosas así, pudo observar fácilmente la tristeza de la mayor parte de los seres que transitaban por allí y su corazón le exigió actuar. No debía guardar para sí lo que había comprendido.
Pero en la casa de sus padres se burlaron abiertamente de sus enseñanzas; su esposo y sus hijos, la escucharon sin atenderla; en la sala de profesores, la tildaron de orgullosa y prepotente; los alumnos, ocupados en su indisciplina y su bullicio, continuaron viéndola sin oírla; y los otros humanos de la tierra, hambrientos y desesperados, no tenían tiempo ni siquiera para saber de su existencia.
Así que el lunes en la mañana, nada había cambiado en las gentes alrededor; exceptuando su propia sonrisa tranquila, su felicidad en la vida y su paz para la muerte, así como su particular manera de amarse y de amar…
Pero estaba bien. Todo estaba siempre bien, aunque la mayoría creyese que eso no era cierto. A cada quien le llega su momento, una y otra vez -gracias a un poema o a las palabras de algún amigo o a la escena de una película o al impacto causado por una determinada situación- para volver a decidir entre la luz o la sombra.
Tomó su café, sintiendo ese aroma magnífico, sentada en el escritorio. Sacó un grupo de evaluaciones y las corrigió recordando los rostros de quienes las habían escrito con dificultad; la ternura generada por esos pequeños seres volvió a brotar, como haciendo caso a un conjuro. Luego escuchó lo que decían sus compañeros de trabajo, preguntándose hasta cuando continuarían centrando su atención en el miedo y la fealdad. Y aunque volvió a sentir el impulso de hablarles -y quizá enseñarles- recordó la sabiduría de alguien que aseguraba que la única enseñanza posible era el ejemplo.
Durante el trayecto en el bus que le llevaba a su casa, abrió totalmente la ventanilla y disfrutó el viento frío de la noche. Observó los rostros de los pasajeros, adivinando sus pensamientos y sus vidas. Gozó el contacto con la piel del pasajero que la acompañaba sin saberlo. Aplaudió la canción del hombre que luego pidió una moneda para continuar con su arte… Al bajarse, caminó lentamente, sin temor, por la calle oscura, sin quejas por las distancias que debía recorrer, sin desear algo diferente a lo que en ese instante tenía.
Realmente la belleza del mundo llenaba su vida. No necesitaba viajes a Europa, porque su ciudad y su país resultaban inagotables. No pedía pavos reales o jirafas o leones exóticos, ya que la mariposa y el colibrí y el zancudo le ofrecían safaris auténticos. No exigía tiempo libre en su trabajo o en su casa, debido a las maravillas que ambos escenarios le proporcionaban. Ni siquiera se quejaba por el pequeño sueldo que le asignaban como profesora pública, ya que sus necesidades básicas quedaban suficientemente cubiertas.
Su propia mente era la que antes le presentaba situaciones falseadas, tristezas auto creadas, lujos o aspiraciones innecesarias, pasados o futuros mejores que el presente, hombres más bellos que los que tenía a su alcance, ocupaciones más placenteras que las cotidianas.
Al llegar a su hogar, tras besar a su esposo y a sus amados hijos, tras comer cada bocado con el placer del hambriento, tras leer el delicioso libro que le esperaba en su mesa de noche… cerró los ojos, mientras la boca y el alma sonreían.
Otro día único había terminado.
14. COMO ORQUÍDEA SILVESTRE
Nos perturbaba con su extraordinaria libertad. Parecía imposible que alguien pudiese comportarse de aquella manera y al mismo tiempo formara parte del género humano. Sin embargo, ese era su sello distintivo; por él la adorábamos… Reía, en las situaciones más absurdas, con las personas menos conocidas. Cantaba, según su muy particular ciclo de estaciones, en un bus o en el metro, en una calle concurrida o en el entierro de su amiga del alma. Lloraba a causa de una simple mirada extraviada, en la escena de la película más escandalosa. Se peleaba, con el matón más temido, por la razón menos lógica, con la pasión más desbordada. Soñaba con el establecimiento de las costumbres más utópicas. Se desnudaba, ante los hombres más mojigatos, ante las matronas más intransigentes, en los momentos más impredecibles, con la facilidad más asombrosa. Se dormía durante la ceremonia especial, ante los personajes famosos, en medio del ruido más infernal, cuando nadie lo esperaba… Amaba, de la forma más deliciosa, con una ternura desbordante, con una generosidad absoluta, recurriendo a los detalles más exquisitos y simples y valiosos para cada quien, como si nos conociera desde siempre, como si temiera perdernos al momento siguiente.
Definitivamente, Juana no se regía por las normas de nuestro mundo. Tenía su propio código interno, exigente, estructurado, aunque incomprensible para mortales como nosotros. Era la flor exótica, la música aún no creada, la pintura visionaria, la mujer del sueño. Cuando estábamos a su lado, sentíamos que la vida palpitaba, que saboreábamos los gozos del universo, que valía la pena soportar las injusticias y los sinsabores de la existencia. Cuando ella se ausentaba, pensábamos que actuábamos como locos, que divagábamos como drogados, que nos comportábamos como seres de otra dimensión, que habíamos sobrepasado todos los límites permitidos… Y, apenados como niños cogidos en falta, volvíamos a las labores rutinarias, a la seriedad de la cotidianidad adulta, a la tristeza de las multitudes… Hasta el próximo encuentro.
Nos preguntábamos qué poder extraordinario tenía Juana, para transformarnos tan fácil y tan radicalmente, pero ninguna respuesta explicaba su presencia magnífica ¡Era ella y punto! ¡Más valía que la disfrutáramos sin condicionamientos, sin dudas, so pena de alejarla! Si no le éramos fieles, teníamos la certeza que caeríamos en la misma torpeza e inconsciencia de las mayorías. Además, la amábamos. Ninguno de nosotros se arriesgaría a perderla, por ningún motivo.
Así hubiéramos continuado indefinidamente, si algo impensable no hubiese ocurrido. Un día cualquiera, lluvioso, opaco, Juana no llegó. Como era un hecho que jamás se había dado, en los 5 años que llevábamos con ella, nos tomó por sorpresa. Inquietos, nos mirábamos, nos dábamos consuelo mutuo, nos ofrecíamos todo tipo de argumentos razonables que explicaran su falta. Pero las horas pasaron, la noche llegó y su ausencia inmensa se nos hizo insoportable. Al amanecer, convencidos de que sólo un accidente o la muerte la habían retenido, llegamos a su casa. Temiendo lo peor, abrimos la puerta, con la llave que nunca antes necesitamos usar. El silencio era terrible; sin embargo, todo parecía estar en su lugar. No nos atrevíamos a llamarla, horrorizados ante la idea de que no nos respondiera.
Al llegar a su habitación, casi gritamos de alegría. Juana se estaba moviendo en su cama, bajo las cobijas.
Entonces escuchamos su llanto. Lento, doloroso, desesperado, expresando una angustia que desconocíamos en ella. Corrimos hasta la cama, abrazándola, acariciándola, besándola con una duda asfixiante… ¡¿Ese llanto quería arrebatarnos a la Juana que conocíamos, a la Juana que amábamos?¡
Incapaces de comprender lo que estaba sucediendo, no sabíamos cómo comportarnos. No encontrábamos las palabras mágicas que nos devolvieran a nuestra Juana. Allí, impotente, desnuda, solitaria bajos sus cobijas, continuaba llorando desconsoladamente, sin responder a nuestras preguntas, sin reaccionar ante nada de lo que intentábamos hacer… ¡Lejos, muy lejos de nosotros!
Al fin, una tristeza desgarradora nos derrumbó también. Se apoderó de la habitación, de la casa, de la tierra entera. Como si fuera la más pesada de las sombras, apagó la luz del universo. Nuestro llanto se unió al llanto de Juana y empezó a rodar por cada rincón, a caer en todas las cosas, a destrozar cada uno de los instantes de felicidad que habíamos vivido gracias a ella.
Juana se marchitó, progresiva e irremediablemente. Murió poco después en nuestros brazos. Algo que no era de este mundo nos la arrebató. Mientras tanto, nos perturban terriblemente las palabras de su último desvarío: ¡No pude lograrlo! ¡Lo siento, pero no pude lograrlo!
15. ADOLESCENTE TIERNA
Es hermosa. Tiene que serlo. Si no fuera así, los muchachos no la mirarían en los descansos, durante las clases, en los buses, por las calles; pero, entonces, por qué no la miran todos. Algunos parece que no la vieran; prefieren seguir jugando con su balón o continuar golpeándose entre ellos. Si fuera muy bella, ninguno dejaría de apreciarla… ¿O no? ¿Quizá si se moviera más al caminar, contoneándose como hacen las modelos? ¿O le podría subir un poco más al ruedo del uniforme? La abuela dice que tiene unas piernas perfectas, que ya están muy bien formadas; además, como también lleva puesta la pantaloneta de educación física, si el viento le levanta la falda o algún tonto se tira al suelo y la mira… no habría problema. Sí, eso hará; las dos cosas, para no fallar. Ella quiere –no, necesita- que absolutamente todos la miren, la valoren, se “mueran por ella”, como le grita ese feo de once.
Revisa que la puerta tenga puesto el seguro. Con malicia, disfrutando de antemano lo que va a ver, se para ante el espejo grande de su tocador. Críticamente revisa cada detalle, mientras empieza la serie de cien cepilladas sobre su cabello negro, lustroso, brillante, largo y hermoso. Pero no le basta. Imaginándose ante un público masculino, desabotona lentamente su camisa, se quita la sudadera, desprende el brasier, baja provocativamente su tanga diminuta… Y se observa. El conjunto le gusta. Su cuerpo moreno, joven, compacto, de estatura promedio, senos altivos, vientre plano, con el vello del pubis bien delimitado, piernas largas y fuertes… Sí, definitivamente es bella. No se puede quejar. Entonces, sonríe. Y vuelve a las cepilladas, ahora por el lado izquierdo, para que quede parejo y el corte del peluquero luzca como debe. Gira un poco, para poder mirar su cadera.
-¡Soy una mamita! ¡Qué nalguitas tan divinas tengo! ¿Por qué tengo que ser tan boba? ¡Soy linda! ¡Soy linda! ¡Que nadie lo dude!
¿Pero entonces por qué ese muchacho lindo de 10° no se me acerca? Y ese solo pensamiento acaba con su optimismo de hace unos segundos. Tiene que ser ciego para no darse cuenta de que es la más hermosa de todo 9°. Parece que todo el mundo lo sabe, menos él… ¡Bobo, estúpido!... Vuelve a mirarse en el espejo, porque su mente ya estaba otra vez en el colegio, en el patio, durante el descanso, viéndolo a él, allá lejos, sentado con sus amigos, negándose a mirarla.
¿Será que mis nalgas están muy caídas? ¿Mis senos no son lo suficientemente grandes? ¿Mis ojos negros no atraen a los hombres o mis pestañas no se alcanzan a notar? ¿Tendré las piernas torcidas? ¿La cintura podría tener unos kilos de más? ¿Hará falta más rubor, más pintalabios, más polvo facial?
En ese instante, nota que no cerró las cortinas de la ventana. Mira velozmente en esa dirección. Cree haber percibido un movimiento en el balcón del apartamento del frente. Sí, ahí vive el jovencito rubio de cuerpo atlético, al que el papá le presta el carro los fines de semana. Nunca le ha conocido novia. Sería capaz de salir con él, si se lo propusiera… Corre completamente desnuda, desde el espejo a la ventana. Cierra las cortinas. Por una esquina, trata de comprobar si el espía lindo sigue allí ¿O sería únicamente su imaginación? ¿Y si la hubiera visto, así, desnudita y tan bella? ¡Pueda ser que me haya visto! Si me vio, seguro me invita a salir de paseo en su carro. Me llevaría a tomar café capuchino o a un restaurante o a una discoteca o a “Las Palmas” o al “Parque Lleras”. Voy a abrir otra vez las persianas, pero no del todo, por si acaso sí está mirando, para que no note que me di cuenta. ¡Mirá cómo camino, monito lindo! ¡Mirá las caderas que tengo! ¿Cierto que estoy muy buena?
***
La inocente colegiala ha salido más temprano. No tuvo clases. Mueve exageradamente su cuerpo al caminar. Le sonríe a cada hombre –niño, joven o viejo- que encuentra rumbo a su casa. El corto uniforme permite apreciar unas hermosas y contorneadas piernas, el inicio de los muslos. El hombre la reconoce inmediatamente. Es su hermosa vecinita, la que se desnuda ante el espejo con la ventana abierta. La sigue con el carro durante dos cuadras. Cuando considera que hay poco público observando, se le acerca:
-Hola, vecina ¿Quiere que la lleve a su casa?- La emoción casi no lo deja hablar. La respiración agitada podría delatarlo, pero ella es demasiado joven. Seguramente no notará nada.
-Hola ¿Usted vive en mi urbanización, cierto?- Saluda y pregunta, sin percibir que ella misma está ya validando el encuentro.
-Sí, preciosa. Aunque casi no te reconozco, de lo hermosa y grande que estás. Hace poco le dije a tu mamá que ya eras toda una mujer- Usando su conocimiento, el hombre la aborda psicológica y emocionalmente, a la vez. Con una adolescente siempre da resultado.
La jovencita se detiene. Le sonríe abiertamente, sintiéndose segura porque él conoce a su mamá, agradeciéndole -a su manera ingenua- el reconocerla en la calle, el que la trate como una adulta, así como los piropos que le acaba de lanzar. Al mismo tiempo valora el carro lujoso, el reloj de marca que aquel caballero no esconde, el elegante vestido. En una sola mirada, decide que está bastante decente, no demasiado viejo, hasta buen mozo. Además, ella no quiere que él piense que es una tonta e insegura niñita. Cuando le abre la puerta, se sube sin pensarlo más, permitiendo incluso que la falda se le suba más allá de lo que la decencia y las buenas costumbres mandan.
El adulto sonríe, seguro de su presa. Simulando un saludo, inclina el cuerpo para besarla en la mejilla, mientras que apoya –como desprevenidamente- su mano derecha en la pierna de la pequeña. Como él esperaba, ella le corresponde el beso, sin retirar indignada su abusiva mano. Durante el resto del trayecto, multiplica los halagos, las seguridades, las caricias furtivas, la presión psicológica, el chantaje emocional, hasta conseguir que ella acceda –todavía inocentemente- a dejarlo entrar en su apartamento.
Mientras ella se disculpa por el desorden y lleva a esconder algunas prendas tiradas, él se convence de que no hay nadie más en casa. Con relativa facilidad, dadas las pobres condiciones de su víctima, muy pronto él ha aumentado el número de sus conquistas, de pobre macho inseguro, anotando en su libreta que “atrapó a un magnífico espécimen moreno de 18 años”; ella, por su parte, desea pensar que ha dejado de ser virgen antes que otras compañeritas, con un desconocido de palabra fácil, con carro lujoso y maneras elegantes, pese a la tristeza que se esconde tras sus húmedos ojos. Después comprobará que ya no vive en el apartamento del frente, que nadie lo conoce ni lo recuerda, que no la llamaría jamás porque no le interesaba, aunque ella sigue convencida que jamás la olvidará.
En el colegio, todos la notan distante, diferente. Por alguna extraña razón, ya no le interesan los niños de su grado, ni siquiera los de 10°; sólo observa, aunque ya no tan esperanzada, a los estudiantes de 11°. Parece haber envejecido diez años en un fin de semana. En su interior, comprueba que ya el mundo tampoco brilla como antes; todo parece haber perdido luminosidad, gozo, alegría. Camina con desgano por los corredores o se sienta en alguna de las jardineras, pero con la mente en otros lugares distantes e invisibles. Trata de buscar otras diversiones, nuevas fuentes de entretenimiento, felicidades más grandes; sin embargo, algo ha muerto dentro de ella, algo indefinible aunque tierno.
16. ¿MUERTE?
El carro siguió velozmente su camino, huyendo de la escena. Allí, sobre el pavimento, estaba el cuerpo ensangrentado; a su lado, la mujer miraba horrorizada aquellos restos.
-¡¿Esa soy yo?! ¡No puede ser, yo estoy viva!
Su ser espiritual observaba, sin lograr comprender lo sucedido... Nadie la había preparado. Nadie le había enseñado cómo afrontarlo.
Cuando escuchó el motor del automóvil se dio vuelta velozmente y lo vio venir directo hacia ella, pero creía haberlo esquivado… Entonces ¿por qué su cuerpo estaba sobre la calle? ¿Y por qué lo miraba desde afuera, como si ella no fuese ese cuerpo?
Entró a su casa como todos los días, pero el llanto de sus hijas la obligó a reconocer que lloraban por ella, por su muerte, por su ausencia. Se alejó de los dos jóvenes y buscó a su esposo. Instantáneamente se encontró a su lado, en su habitación, acostado sobre la cama en la que habían pasado tantas y tantas noches. Cuando lo abrazó, él se levantó asustado, mirando en todas direcciones, percibiendo su perfume y su exclusivo olor corporal…
-¡Carajo! ¡Me estoy enloqueciendo!- Lo oyó gritar angustiada, entendiendo que la había presentido de alguna manera extraña. Pero no logró con él nada más. No la escuchaba ni la veía. Y ya no pudo o no quiso presentirla; tampoco reaccionó ante sus caricias desesperadas. Cuando entró en sus sueños, decidió que no era ella, que simplemente se trataba de su propia soledad.
Su perro –en cambio- le ladró y le movió la cola, viéndola y reconociéndola como ningún humano, pero precisamente por eso no le sirvió de consuelo.
El tiempo también corría velozmente. Ella seguía tras su esposo y tras sus hijas, camino al cementerio. Nadie escuchaba sus gritos. No lograba hacerse notar, pese a sus esfuerzos desesperados.
Sentada sobre el ataúd, oía la despedida de todos los que habían acudido para verla por última vez, a través de la pequeña ventanita. Se sentía ridícula en medio de aquella situación de locos.
-¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Necesito que alguien me ayude! ¡Dios mío, por favor, dame una señal!- Gritaba casi sin voz, asistiendo a su propio funeral.
Cuando las últimas paladas de tierra cayeron sobre su tumba, se sentó y lloró desconsoladamente… Pero únicamente su Ángel Guardián la escuchaba; inútilmente trataba de abrazarla… Ella no lo percibía.
***
Los días transcurrieron casi sin cambios. Fue testigo de la transformación de su familia. Su esposo volvió a casarse y sus hijas formaron sus propios hogares, mientras ella continuaba en su absurda negación.
-¡No estoy muerta! ¡Yo sigo aquí! ¡¿Por qué nadie se da cuenta?!
Como un fantasma, recorría las calles de la ciudad, acudía a su puesto de trabajo, regresaba a la frialdad de su propia casa, en la que ya no habitaban ni su esposo, ni sus hijas, ni su perro, ni su cuerpo… pese a que ella insistía.
Hasta que al fin, el día que menos lo esperaba, una hermosa joven de gigantescos ojos azules, casi transparentes, se le acercó y se sentó a su lado en la acera donde lloraba.
-Hola- Dijo sencillamente- ¿Por qué no has querido irte?
Casi no lo podía creer. Ella la veía y le hablaba. Trató de abrazarla, pero sus manos atravesaron su cuerpo. De la misma forma como había sucedido cada vez que lo había intentado con su familia.
-¡Puedes verme! ¿Puedes verme?
-Sí. La veo. Y la escucho. Como usted a mí.
-¿Entonces por qué nadie más me ve?
-Porque usted está muerta. Casi nadie logra ver a los muertos. Pero yo sí.
-¡No! ¡Yo no estoy muerta! ¡Por eso me ves!
Su voz desesperada llenó de ternura a la joven. Ya tantas veces había sido testigo de aquella ignorancia, de aquella triste ingenuidad.
-Así como usted no ve al hermosísimo ángel que tiene a su lado, porque está en otra dimensión, la mayoría de la gente viva no la ve a usted- Afirmó pacientemente la hermosa joven, con una madurez que mereció la inclinación respetuosa del Ángel.
-¿Cuál ángel? ¿De qué estás hablando?
-Contigo ha permanecido tu Ángel Guardián, tu Espíritu Guía, desde el instante mismo de tu nacimiento. Ahora está a tu lado, esperando que aceptes tu propia muerte para poder acompañarte hacia La Luz- La sabiduría de aquellas palabras iluminó aún más la presencia amorosa del Ser Espiritual.
-¿Entonces sí estoy muerta? Por eso mi familia no me veía. Por eso nadie en el trabajo me saludaba… ¿Entonces el entierro no fue un sueño? ¿O sea que Dios sí existe? ¿Tengo un Ángel que me acompaña siempre?...
Tanto la joven como el Ángel, supieron que la conciencia –al fin- había llegado. Las horas de sufrimiento de la pobre mujer terminarían inmediatamente. Con una mirada de reconocimiento y de infinito Amor, se despidieron.
Y el Ángel ascendió con la nueva mujer.
17. DECISIÓN DE MAESTRA
La belleza, inagotable, se derrama desde el cielo, baja por las montañas, se extiende a través de todo el valle y discurre, apacible, hasta sus pies. No logra describirla (en realidad, ni siquiera lo intenta), pero su presencia acalla el ruido del mundo, mientras desaloja sus pensamientos, sus sensaciones e –incluso- el recuerdo de sus temores. Es feliz. Está en paz. No existen en ella deseos. El tiempo desapareció ya como un fantasma viejo. Las preguntas también. Meditar se ha convertido en su otra respiración. Poco a poco, entra en ese universo de luz y amor. Una energía magnífica regenera cada célula de su cuerpo, cada emoción humana, cada idea. Ahora todo es espíritu, armonía.
La cálida seguridad de su voz se transmite a los estudiantes que la acompañan:
-Permite que la lluvia blanca limpie exteriormente tu ser. En este mágico instante no necesitas tristezas ni odios ni miedos; así, tu esencia real brota naturalmente desde el corazón, para restituirte la sabiduría que siempre has poseído...
Y sus palabras van guiando la conciencia de quienes –en secreto- se reconocen como sus discípulos. Desde hace 7 años la buscan, la siguen y la encuentran cargada de amor por ellos. Nunca les ha pedido nada. Nunca les ha exigido nada; sin embargo, ellos se sienten obligados a corresponder a sus enseñanzas. Cuando los mira, no logran ocultarle ni la más mínima inseguridad; sus torpezas no la enfadan, pero con frases cariñosas los impulsa a límites que desconocían. Una y otra vez vuelven a ella, como si fuese una fuente de la que beben luz, de la que extraen poder, de la que fluye libremente la ternura más hermosa. Cuando viven a su lado, el tiempo desaparece velozmente. Son felices con ella. Con ella, sienten paz.
Luego de treinta o cuarenta minutos, abre los ojos negros. Brillan con intensidad al observar las ocho personas allí reunidas, formando un círculo con ella. Permanecen meditando en la “posición de loto”. Disfruta algunos momentos con el amor que le generan. Los acaricia con su mirada. Los besa desde su distancia.
-Muy bien. Ahora debes regresar al aquí y al ahora. Agradece a los seres de luz por su protección y guía. Siente nuevamente tu cuerpo. Muévete con suavidad. A tu propio ritmo, abre los ojos.
Se levantan y se abrazan unos a otros; parecen hermanos que se reencuentran tras muchos años de separación. El amor se desborda con facilidad. Las risas surgen de todas las bocas. Los gestos se reconocen cálidos. La mañana luminosa hace que el color de las plantas y los árboles explote ante ellos. Nadie lo dice, pero todos desearían quedarse allí para siempre. Vivir así por siempre. No volver al mundo cotidiano, tan lleno de trabajos y rencillas y envidias y ambiciones y miedos y dudas…
-Ha sido un bello fin de semana. Muchas gracias a todos. Saben que las puertas de esta casa están permanentemente abiertas para ustedes. No olviden que pueden hacer de su vida diaria algo excepcional. Sólo necesitan cambiar su percepción, permanecer en un estado de conciencia elevado-. Como si leyera sus pensamientos, se despide repitiendo esa vieja lección.
***
-¡Marcelina, no nos queremos ir!- Gritó, casi llorando, la pequeña Sara- Y todos nos dimos vuelta, convencidos de que algo había cambiado. Aquella reacción era inusual. Durante años, nadie había expresado el oculto deseo de permanecer cada instante con ella. Dejamos de respirar esperando su respuesta… Y –como siempre- nos sorprendió:
-Entonces, quédense.
Parecía la única respuesta posible, proviniendo de Marcelina, aunque interiormente nadie la esperaba, ya que intuíamos que no éramos dignos de compartir su cotidianidad, su espacio, los rituales secretos que –creíamos- llenaban su vida.
-¡Pero tenemos familias y un trabajo que cumplir! ¡No podemos abandonar todo para seguirte! ¡Así no funcionan las cosas!
-Entonces, váyanse.
Con su simpleza, nos desarmaba. No sabíamos cómo responder a esa lógica suya. Parecían soluciones obvias, aunque desafiaban siglos de tradiciones, de absurdas complicaciones, de procedimientos rutinarios que hacían compleja una existencia sencilla por naturaleza. Ni siquiera el más viejo de nosotros se atrevió a exigirle que nos dijera lo que teníamos que hacer.
-¡Marcelina, por favor, ayúdanos! ¡No nos respondas de esa manera!- Casi la presionábamos para que se volviera tan ilógica como nosotros.
-¡Ay, bellezas! Cada uno de ustedes tiene que decidir por sí mismo. Yo no puedo tomar sus decisiones; tampoco puedo vivir sus vidas; mucho menos gozar o sufrir por ustedes. Elijan qué hacer. Déjense guiar por su corazón, por su sabiduría interna.
-¡Pero Marcelina, nosotros no podemos actuar como tú, ni vivir como tú!- Sara se emocionaba como una niña, pero expresaba lo que todos pensábamos- Nuestros hijos van al colegio. Nuestros padres esperan nuestra visita. Asistimos a los entierros o acompañamos en la clínica a nuestros familiares y amigos que lo necesitan. Vamos a las tiendas de compras. No podemos aislarnos así como así en tu casa, para vivir en un éxtasis permanente…
-¡Qué hermosa eres! ¡Afortunadamente, no pueden ni deben actuar como yo, ni vivir mi vida! ¡Sería horroroso que un árbol de limones actuara como uno de mangos! ¡O que un gatico deseara ladrar como un perro! ¿No te parece, Sarita?
Su risa se oyó como una bofetada, aunque probablemente nos la merecíamos. Ninguno de nosotros alcanzaba todavía a captar la sencilla sabiduría que encerraban sus palabras. Sólo veíamos a una excepcional mujer que se negaba a darnos gusto.
***
Ya pasados los años, estas escenas y esos diálogos parecen ridículos; pero en ese entonces sentíamos que eran trágicos. Muchas veces se repitieron, con variaciones mínimas, pese a que ella nos enseñaba más y más cada día. Parecíamos niños en cuerpos de adultos. Su felicidad constante, su paz bellísima, su amor incondicional… lo queríamos para nosotros, como si se tratara de un juguete que podríamos arrebatarle… y no un logro que debíamos alcanzar por nuestros propios medios.
***
Así, consecuente con su delicado amor, forzada por ellos mismos, llegó la hora de su decisión. Sin embargo, generosa como ninguno, Marcelina los preparó con paciencia. Un día, les habló del desapego, para evitar la cárcel de las obligaciones; otro, de la bondad de la muerte, que enseña –a quien quiera escucharla- la inevitable certeza de las separaciones; después, de la transformación del gusano en mariposa, aunque la oruga cree ciegamente que se dirige hacia su desaparición; más adelante, del crecimiento y la madurez, propias de la existencia de todos los seres, útiles en el desarrollo de las diversas personalidades; finalmente, con una dramática parábola, les habló de la decisión que ya había tomado:
-El ave sabe que su polluelo está listo para volar, pero éste se siente muy cómodo y seguro en su rama, al lado de mamá, así que se niega a intentarlo. Ella recuerda el hermoso paisaje que su hijito no conoce aún, allá, tras las montañas o sobre las nubes; piensa en el inmenso placer proporcionado por el hecho mismo de volar; analiza las ventajas de cambiar de un sitio a otro, para su supervivencia y bienestar… ¿Qué creen ustedes que debe hacer para que el polluelo emprenda el vuelo?
-¡Que le dé una patada y lo lance al abismo, por tonto!
-¡Que se vaya volando para que el polluelo la vea y siga su ejemplo!
-¡Que le dé una cachetada para ver si despierta y abandona el miedo!
Pero ellos no sabían, en su ingenua comodidad, que hablaban de sí mismos. Se creían adultos maduros, especialmente escogidos y guiados por una maestra excepcional. Se sentían, si no superiores, mucho más capacitados que los demás seres humanos. La parábola únicamente era una lección nueva, planeada para generarles crecimiento y bienestar.
Se despidieron de Marcelina, con la certeza del marinero que tiene un puerto seguro donde cree que siempre podrá atracar.
Así, el siguiente fin de semana -como siempre- llegaron a su casa, confiados, preparando por adelantado, como si sólo fuese una vez más, el abrazo fácil y el saludo sonriente…
Marcelina no estaba. La casa vacía les gritó su ausencia.
Ahora debían elegir: sufrir o volar…
***
Han pasado 33 años, Marcelina… y aún -emocionado, amándote- te recuerdo.
18. NO HAY RASTROS DE VENENO BAJO LAS UÑAS BLANCAS DE SUS MANOS NEGRAS
O
“EL DESPERTAR DE LA CRIADA”
Son las 4.30 a.m. El pequeño reloj suena con estridencia. El cuerpo compacto, aún caliente, se levanta con dificultad, obligado por la costumbre. El catre metálico produce el ruido desagradable de cada mañana, como quejándose también ante el brusco despertar. La piel oscura huele a sudor. La luz aún no perturba la sordidez de la pieza diminuta. El resto de la ciudad continúa durmiendo, en medio de su ignorancia.
El agua helada desciende por los senos duros, tratando –en vano- de borrar las huellas del hombre que hace unas pocas horas los maltrató, humillándolos con sus ínfulas de gran señor. Pero no llora; a sus 16 años ya sabe lo que sucede en las casas de los patrones. A su madre le sucedió y ahora le sucede a ella; aunque no está segura si a su mamá le causaba la misma rabia, el mismo asco.
-Así son todos los hombres, mi niña. Unos usan sus palabras de doctores y otros la fuerza de los brutos, pero todos desean lo mismo: meterse a tu cama.
Preparando el alimento de toda la familia, busca olvidar el aliento a alcohol, las brusquedades de quien no la quiere ni se interesa por ella como ser humano; sin embargo, no resulta fácil. Hasta piensa que podría envenenarlos a todos, en unos minutos… ¡Eso sí sería fácil! … Los sonidos en las duchas, en las habitaciones, la obligan a abandonar sus pensamientos y a acelerar el servicio de desayuno.
-¡Dejá de pensar bobadas, negra!- Se dice a sí misma, mientras coloca los platos, las tasas, el líquido humeante.
Apresurada en sus quehaceres, no percibe la entrada del señor en la cocina. Casi grita cuando siente sus torpes manos agarrando violentamente sus caderas de niña, cuando la acorrala con su cuerpo enorme y la presiona desde atrás contra el fogón, cuando mete su mano entre sus senos, con el billete de 20.000 pesos enrollado, diciéndole lascivamente al oído:
-¡Ay, mi negrita linda! Se me había olvidado darte un regalito, por lo rico que lo pasamos anoche… ¡Cómprate otra faldita pequeñita como ésta, para que yo te la pueda levantar!
No quiere mirarlo. Sólo desea que se vaya, que la deje en paz. Al menos, esta vez le dio dinero para mandarle a su familia. No siempre lo hace; ella no es capaz de recordárselo; eso la haría sentir como una prostituta… ¡Y ella no es una prostituta! … “Si lo fuera, le cobraría todas las veces; me tendría que pagar cada manoseo, cada palmada en las nalgas, cada arañazo en los muslos, cada odioso mordisco en los labios, cada mirada bajo la falda, cada baboseada en el cuello…” Piensa, con una ira que crece y crece, como un torrente poderoso, sin encontrar alivio.
-¡Tengo que matarlo! ¡Maldito! ¡Tengo que matarlo! ¡Agarrarlo a puñaladas, mientras le escupo en la cara y lo miro con desprecio a los ojos!
Pero asesinar no es algo sencillo, mucho menos para una niña criada en medio de la brisa, arrullada por el mar, adormecida por soles anaranjados. Así que -mientras tanto- les lava la ropa, les barre las habitaciones, les sacude las repisas, les asea los sanitarios, les plancha los manteles, les bota las basuras, les prepara las comidas, les hace las compras cotidianas, les guarda sus secretos a todos los integrantes de la familia… Y en las noches, cuando la señora y los niños duermen confiados, satisface los instintos animalescos del señor.
-O también podría incendiarles la casa mientras están dormidos. Dejaría la veladora prendida en mi pieza, al lado del catre, al borde del nochero. Yo me iría con mis amigas el domingo temprano y la casa se quemaría antes de que yo llegara el lunes en la mañana- Se habla a sí misma, cuando queda sola (como sucede casi todos los días), tras la partida del señor al trabajo, de los niños al colegio y de la señora al costurero. Cambia de emisora en la radio, aumenta el volumen y baila con la escoba, imaginando un novio que aún no llega, una fiesta a la que nadie la ha invitado y una vida que no es la suya.
Hasta que al fin, contra todos sus pronósticos de estudiante de segundo de primaria, el patrón se cansa de ella, introduce un anillo de oro y una cadena de plata bajo la ropa en la piecita del servicio, la amenaza con denunciarla ante la policía y la lanza a la calle extraña, en la noche más fría de su existencia.
Entonces, la pequeña criada despierta. No huele a humo la niña triste. No hay sangre, en su camisa amarilla de flores rojas. No tiene escondido, en su tierno cuerpo envejecido, ningún cuchillo asesino. No hay rastros de veneno, bajo las uñas blancas de sus manos negras.
19. INOCENCIA
Nunca antes la había visto. Se me acercó y me dijo que la siguiera.
Caminamos en silencio un largo rato. Yo miraba sus piernas, su cadera, su cintura, su pecho, la forma de su rostro, su manera tan descomplicada de andar –con las manos en los bolsillos de sus pantalones anchos-, su cabello negro… Luego, cuando también recordé su mirada, supe que me gustaba.
Ella parecía no pensar en nada. Sólo caminaba lentamente a mi lado. Tenía deseos de hacerle muchas preguntas, pero temía romper ese lazo extraño que me obligaba a seguir con ella. Temía alejarla.
Al mirarla, sabía –con una certeza que me asombró- de su infinita sensibilidad. Sabía que en ese momento cada detalle era de gran importancia.
Sólo después de muchos tropezones con la gente que pasaba y de analizar mil hipótesis en mi cabeza, me atreví a preguntarle (con una voz más fuerte de lo que hubiera querido):
-¿Por qué?
Cuando se detuvo bruscamente, noté que todo el tiempo había estado esperando. Me miró a los ojos y sonrió.
-No sé nada tuyo. Eso es lo que me basta.
La miré. Sonreí. Seguimos caminando. Cada instante la sentía más unida a mí. De vez en cuando me miraba de reojo y sonreía. Estábamos contentos. Empecé a hacer figuras de torero con todo el que pasaba por mi lado. Ella reía y reía. En algún momento corrió y colocándose dos dedos en la frente se lanzó hacia mí. Nos abrazamos entre risas. Dimos vuelta por una pequeña calle. Tomamos el bus que salía.
Ya no había sol. Tiritaba. Su piel desnuda se pegaba a la mía. Pero ya tampoco el viento le devolvía la risa. Desde que subimos al bus había dejado de reír. Aunque sus ojos brillaban, todo en ella parecía ser tristeza. Ahora, teniéndola ahí conmigo, nada podía decirle. Seguía callando. Esperaba.
Subimos hasta la cima de la montaña. Trepamos a una roca. Nos sentamos. Prendimos un cigarrillo.
-Hoy pensaba suicidarme. Mi vida ha sido tan oscura, tan triste. Soy tonta e insegura. Lo que hago me sale siempre mal. Pero quería ser feliz mi último día, gozar (con alguien que no tuviera pasado conmigo) del calor y la belleza. Olvidarme de todo. Ser hoy feliz. Quería eso solamente… Pero hoy vivir fue tan hermoso. Vos, sin decirme una palabra, me demostraste que nunca había vivido en realidad. Estúpidamente, únicamente estaba ahí, sufriendo como una imbécil. Creo que acabo de nacer.
Cuando dejó de hablar, estaba radiante. Se acercó a mí. Me besó locamente. Yo sonreía. Pensaba en arrebatos de felicidad… que sólo duran horas.
Nos levantamos, dispuestos a regresar a la ciudad. Pero, por una torpeza de su parte, por querer ver solamente en su mundo interior, creado ahora por ella sin obstáculos, resbaló en la piedra y cayó al abismo.
-Les aseguro que esa es la verdadera historia. Por eso no sé ni su nombre, ni su dirección, ni nada de ella. Por eso les repito que no hay motivo para que me tengan en esta horrible cárcel. ¡Yo no la asesiné!
20. MUERTE HÚMEDA
Ella, sola, temerosa, el cabello suelto sobre los hombros, sobre el cuerpo desnudo y tenso. Ella sobre el mundo, frente al mar.
Ha venido a cumplir una cita antigua, casi oculta en el recuerdo, pero ineludible como la caricia lenta. Siente el frío del primer contacto que atraviesa –recorriendo- el cuerpo. La arena no logra detenerla; se arrastra con ella y palpita con ella. La oscuridad nada esconde.
El temor, poco a poco, se disipa. Ya el mar alcanza los senos erguidos, el mentón que se resiste, la boca ardiente y salada desde antes, desde siempre.
Ahora, cubierta, sin saberlo, repite un sueño anterior, olvidado.
Ella se relaja. Abre los muslos. Se entrega. El mar la penetra una y otra vez. Amante experto, cambia de ritmo, de dirección; se detiene, avanza, retrocede, inunda completamente el espacio disponible… Golpea, acaricia, muerde, lame… atento a cada señal.
Al fin, incapaz de soportar más tiempo, la boca se abre con un grito sordo.
El mar ahora la posee. La abraza por fuera. La abraza por dentro. Y ella muere.
21. NECESITO DESESPERADAMENTE CONTAR ESTA HISTORIA DE AMOR
A través del tiempo y el espacio, fluye el Amor. Algunos privilegiados lo reciben en sus vidas… sin preguntas, sin dudas, sin temores… y su premio es la felicidad; otros, alcanzan –al menos- a verlo pasar… pero con sólo esa brizna de Amor transforman la calidad de sus existencias; algunos –almas débiles, cuerpos cobardes- lo reconocen, pero le dan torpemente la espalda… y la traición al Amor se castiga con la infelicidad.
***
El sol brilla en lo alto. Montañas enormes reverdecen a su paso. Los mares cambian su movimiento espectacular, empequeñecidos por su fuerza. Las ciudades despiertan, aturdidas con su llegada. Las plantas crecen espléndidas, alimentadas por su esencia… Sin embargo, el sol no se preocupaba por medir la calidez de sus rayos; tampoco revisaba quiénes recibían agradecidos su luz vivificante; mucho menos fiscalizaba los minutos que cada quien decidiera exponerse a su acción generosa… Simplemente brillaba… Así era ella.
Sentada como un buda en las escalinatas que ascendían hacia la Cámara de Comercio, sobre la Avenida Oriental, envuelta en su larga falda blanca, con su camisilla hastiada de color y sus sandalias de cuero aferradas a la piel morena… ella me esperaba. Aunque nunca hubiese existido en su conciencia.
La paz que brotaba de su ser era tan luminosa como su belleza. Nos miraba a todos sin vernos, ocupada probablemente en asuntos más elevados que los nuestros. Habíamos coincidido en aquel punto diminuto del universo, atraídos por una de las películas de Herzog, pero parecíamos planetas girando naturalmente alrededor de su centro.
Cuando la vi, algo en mí se detuvo y explotó, sin que nadie lo percibiera. Las demás mujeres, los demás hombres, las calles, las cosas, los sonidos desaparecieron. Únicamente ella vivía.
Empecé paulatinamente a orbitar a su alrededor. Cuando abrieron las puertas del teatro, ella se levantó majestuosamente y caminó hacia su interior oscuro, mientras nosotros la seguíamos embrujados por su aroma. Lógicamente, nadie se atrevió a sentarse a su lado; casi con certeza, todos presentían el poder que irradiaba… la obvia desintegración que ocasionaría su cercanía. Sin embargo, yo era muy joven. No sabía de mujeres ni de amores. Mucho menos de diosas esplendorosas.
Dejando una butaca entre ambos, por timidez de adolescente más que por conocimiento, me dediqué a observarla desde la aparente seguridad de la sala en sombras, ayudado por esporádicos relámpagos provenientes de la pantalla. Su rostro perfecto brillaba como una luciérnaga. El cielo había descendido a la tierra y yo, testigo privilegiado, disfrutaba cada milésima de segundo.
Pero el tiempo pasó. La película llegó a su final. Las luces del teatro se encendieron sorpresivamente para mí. Todos empezaron a levantarse de las sillas y a salir del teatro… Todos, menos ella. Permaneció tranquilamente sentada, sin efectuar ningún movimiento, hasta que la sala quedó vacía. Sólo ella y yo continuábamos allí, ahora inmóviles en medio del silencio. Entonces, con una lentitud premeditada, como dándome la última oportunidad de escapar, se giró hacia mí.
Yo, completamente aturdido por mis emociones, sin saber qué actitud asumir, seguí observándola, absorbiéndola, maravillándome con la limpieza de sus rasgos, con la simetría de sus facciones, con la distribución maestra de cada detalle… Hasta que, con una sonrisa maliciosa, permitió que surgieran sus dientes blanquísimos, para decirme con su delicioso tono burlón:
-¿Y ahora qué vamos a hacer?
Yo no lo pensé. Sentí que desde la profundidad de mi corazón surgía la única respuesta posible:
-La amo.
-¡Qué hermoso!- Alcancé a escuchar que se decía a sí misma, más que a mí, mientras se levantaba y buscaba salir, quizá atravesando mi cuerpo que la obstaculizaba.
Con torpeza logré apartarme, con el tiempo justo para que ella pasara sin rozarme siquiera, como flotando velozmente en vez de caminar, dejando su olor en mí. Cuando logré nuevamente pensar, ya ella se había retirado de la sala, para perderse en la noche de la ciudad. Aturdido corrí en una dirección y en otra, esperando distinguirla en medio de las multitudes que, ajenas a mi soledad, buscaban la seguridad de sus hogares.
No sé cuánto tiempo estuve vagando por las calles, pero el cansancio de mis pies me obligó a retirarme vencido. Ni la cama ni la almohada resultaron tan agradables como en otras ocasiones, porque ahora se transformaron en una ausencia.
Los siguientes días también la busqué infructuosamente. Recorrí los barrios, los cafés, los bares, las universidades, los teatros anhelando su cara y su sonrisa. La Avenida Oriental y la Cámara de Comercio se convirtieron en el obligatorio punto de llegada. Sin embargo, el reencuentro sólo ocurrió 14 días después.
Ya me había convertido en una especie de fantasma triste, cuando sus enormes ojos negros me devolvieron la vida. Allí estaba. Mirándome y sonriéndome mientras me acercaba a las mismas escalinatas de la primera vez.
-Hola, hermoso.
Ese fue su recibimiento. La alegría se desbordaba, casi asfixiándome. Con una valentía que me desconocía, tomé sus manos y las besé en silencio. Ella no dejaba de mirarme divertida, sin temor alguno, concediéndome una confianza que no me ganaba aún.
La observaba y reía amándola. Callaba, amándola. Sus manos cálidas no trataban de escapar de mis manos ansiosas, que la amaban. La sonrisa permanecía en su rostro como una invitación amorosa. Le pedí humildemente que no entráramos al teatro y permanecimos allí solos, durante varias horas. Yo hablaba sin parar, confesándole mis desventuras, mis noches solitarias, mis búsquedas frenéticas, mis deseos de ella.
Me escuchaba con paciencia infinita, mirándome con ojos brillantes, sonriéndome como Gioconda, amándome sin exigencias.
Cuando me liberé de todas las palabras que guardé durante semanas, ella acarició mi rostro con una ternura inmensa. Sin dejar de mirarme fijamente, dijo:
-Gracias, hermoso, por todos tus sentimientos. Me honras con ellos. Aún no estoy disponible para ningún humano. Enamórate de otras mujeres, pero no me olvides. Aspira a un amor similar al que me estás ofreciendo.
Me besó suavemente en la frente. Se levantó y –por segunda vez- desapareció de mi vida. Todavía hoy, 14 años después de aquel beso, no entiendo cómo permití que me dejara. Sin embargo, lo hice y cada día me arrepiento.
Escribo este cuento con la oculta esperanza de que lo leas. Ya no soy ese patético adolescente, aunque aún te espero.
22.TIEMPO SABIO
No podía detenerlo. Ineludiblemente corría y desaparecía instante tras instante. Resultaba entonces obvio lo que debía hacer: no malgastarlo; aprovecharlo con cada gota de sabiduría que hubiese acumulado hasta el momento. Para lograrlo, el miedo y la duda resultaban los grandes enemigos a quienes no podría aceptar en mí. Aprender a tomar decisiones, a elegir intuitivamente, a usar al máximo todos mis sentidos para aspirar la vida… se convirtieron desde aquella milésima de tiempo en mis prioridades. Aún no era tarde. Podía aún pensar y hablar. Me quedaban quizá cinco o diez minutos de vida. Tenía que utilizarlos plenamente.
Tanto mi esposo como mis dos hijos lograron salvarse. Los paramédicos me informaron que sólo sufrieron pequeñas raspaduras y contusiones; en cambio yo, estaba atrapada allí, bajo el carro, incapaz de moverme, pero lúcida. Decían que al sacarme, inevitablemente, moriría; así que mientras llegaban los bomberos con sus sierras y palancas, tendría tiempo para algo. Sin embargo, no sabía qué; nadie me había preparado para una situación como esta. Nunca nadie me explicó qué se debía hacer, qué decir, en qué pensar, cómo sentirme.
No deberían haberse llevado a mi familia para el hospital, sin siquiera preguntarme o solicitar mi opinión. Ya no volvería a verlos. No lograría despedirme apropiadamente de ellos. No alcanzaría a repetirles cuánto los amaba. No podría pedirles perdón por todos los errores que cometí con ellos. No tendría ya tiempo de enseñarles cosas que valieran realmente la pena, en vez de tratarlos con dureza o de regañarlos por sus propias torpezas, tan normales en cualquier ser humano. En verdad, ni siquiera habría sabido qué decirles para optimizar el momento. Quizá fuera mejor así. Tal vez ellos sí serían capaces de inventar palabras o acciones memorables que yo habría realizado, en caso de que no se los hubiesen llevado lejos de mi lado, en el último minuto. Así que –obligada por las circunstancias- estaba libre para dedicarme a mí misma, sin la presión de las despedidas.
En mi limitado campo de visión, pasó danzando la hoja de algún árbol, acompañada por motas de polvo y rayos de luz, girando con un ritmo y un estilo propios. Sus verdes y amarillos se turnaban ante mí, ascendiendo o descendiendo guiados por impulsos repentinos. Finalmente, la delicada hoja se detuvo al lado de la alcantarilla, sudorosa… Quise aplaudir, pero entonces recordé mi situación. Fue un hermoso espectáculo.
Luego surgió el rostro del joven paramédico. Sus ojos brillantes me observaban con una mezcla de curiosidad y compasión. Le sonreí, para que comprendiera mi conciencia; cambió inmediatamente la expresión. Su risa plena lo hacía ver aún más bello. Tuve el extraño deseo de besarlo, en los labios y sobre los párpados, emocionado ante su hermosura. Aparentemente intuyó mis intenciones, porque inclinó el rostro hacia la izquierda y bajó la mirada, perturbado, aunque íntimamente agradecido. Cuando le di las gracias por su belleza, no supo qué decir; sin embargo, la luz extraordinaria que se derramó desde sus ojos miel fue una respuesta más que suficiente para mí. Acarició tiernamente mi frente y agrandó su sonrisa. Sabía que se encontraba en una situación muy especial, para la que tampoco el venía preparado. Pero no importaba. Los dos comprendimos que todo estaba bien. Continué detallándolo, milímetro a milímetro, mientras él apreciaba el gozo que me generaba aquel examen. Como si fuéramos dos enamorados, únicamente el imán de nuestras miradas detenía momentáneamente la exploración. Mis lágrimas fluyeron libres. Mis sonrisas temblaban. También sus lágrimas potenciaron la divinidad del instante… ¡Todo era tan bello!
Agotada, cerré los párpados. Escuché entonces muchas voces diversas, cada una con matices particulares. Algunas hablaban de mí, del accidente, de mi familia que acababa de irse. Otras, del transeúnte imprudente que generó el choque; había corrido asustado, tras comprobar el resultado de su acción. Un tercer grupo, discutía sobre la cercanía de la muerte, sobre su manera impredecible de llegar y cambiarlo todo. Finalmente, diferencié la voz de mi hermoso paramédico; gritaba que me estaban perdiendo.
Quise abrir de nuevo los ojos, pero ya no lo logré. Exigía demasiado esfuerzo. Pensé en Dios. Me gustaba la relación que había llevado con él durante mi vida: sin fanatismos, sin exigencias de ninguna de las partes, sin peticiones circunstanciales, sin escenas desgarradoras, sin distancias abismales… como amigos que se quieren y se acompañan simplemente. Decidí que así lo deseaba también en mi muerte. Le sonreí. Lo saludé mentalmente. Le agradecí su eterna compañía. Le refrendé mi amor incondicional… La paz que me inundó, me confirmó que sí me escuchaba y que así me respondía.
Busqué qué más me faltaba hacer, durante las milésimas de tiempo que me restaban. Asombrada, descubrí que nada más creaba ausencias. Percibí al viento acariciándome. Pensé que –ociosamente- sólo me restaba esperar.
Así, con una sonrisa, esperé.
23. TRIÁNGULO
Realmente creía que esa era la verdad. Esa tenía que ser. De otra manera, no habría corrido tras de ti, como un ciego al que roban sus ganancias del día, tropezando contra todo el mundo, sin saber muy bien qué era lo que iba a hacer, con la idea fija de alcanzarte, de no permitir que el metro te llevara hacia un extraño lugar en el que yo no estaría.
Sentí que me había quedado sola. En un momento, todas esas pequeñas cosas que me dabas recobraron su poder, como si se unieran para gritarme que no estabas, para decirme que eras tú ese ser omnipotente y mágico capaz de ofrecerme o negarme la felicidad.
En esos minutos –tal vez en esos segundos- fuiste el pozo del que brota la vida… ¡Y yo quería vivir!
Por eso, desesperada, te abracé y te besé, hasta que el tren partió, y te dije que te amaba… Porque creí que esa era la verdad, que eso era amor. Por eso te traje conmigo. Por eso te até a mí…
¡Pero él llegó… y comprendí –realmente lo siento mucho- que tú sólo me habías ayudado a esperarlo!
24. UN HILO, UN TEJIDO
Carla conoce el silencio, pero desconoce el amor. Esa ausencia crea el íntimo temor que obliga a los hombres a mirarla sin acercarse, a quererla como a una prohibición.
-¡Carla, ámame!
-¡Carla, recuérdame!
-¡Carla! ¡Carla!
Su nombre recorre las calles, los mares, los cafetales y las selvas en una búsqueda predestinada, porque encuentra eco en todos los sueños.
Se levanta sin prisa. La oscura piel aún anclada en la noche, aún mágica, recibe al sol y al viento en el mismo momento. Toma la sábana e improvisa una túnica que se adhiere suavemente a su cuerpo. Ningún sonido extraño impide pensar.
El olor a café impregna cada rincón. El azul y el verde tras las ventanas la impulsan a salir, la urgen a continuar con un destino que no desea comprender: perturbar a todos los hombres y mujeres de la tierra.
“Ese hermoso joven será como los otros. Me seguirá durante un tiempo –quizá media hora- y luego huirá, por temor a su propia pequeñez, por temor a la negra claridad de mi mirada”.
Las ideas brotan constantemente, causando una progresiva tristeza, una lucidez dolorosa. Desde niña presiente ese crecimiento hacia la nada.
-¡Aléjate! ¡Estás maldita!- Palabras de iniciación. Su entrada a un mundo en el que la miseria y la sangre dan a la belleza el color del peligro… Su color.
-¡Carla! ¡Carla!
Los rostros la siguen hasta que cruza todas las mesas y ocupa un lugar en el rincón más oscuro del salón. Sólo entonces el cafetín retoma su ritmo normal. La música y el sonido del cristal vuelven a escucharse, aunque nunca se han silenciado. Las mujeres ya no abrazan a sus hombres con la misma sensación de pérdida.
Relaja cada músculo, mientras percibe los múltiples olores, las historias que ellos cuentan. Sonríe al percatarse que su mente culpa a la soledad por tanta conciencia. “Te vemos mal Carla. Te vemos mal”… Y vuelve a sonreír, ahora por el uso del plural.
Unos pocos instantes de reposo y –de repente- quedar al descubierto. No podía creer en esa mirada que descaradamente se burlaba de su descuido. No podía creer en el poder de esos ojos que –sin movimientos- la auscultaban milímetro a milímetro, como si en ella hubiesen encontrado la posibilidad, la llave de los secretos, el hilo sutil de Ariadna. Parecían cercarla, pero no para atacarla y vencerla, sino para impedirle huir.
¡¿Al fin los había encontrado?!
***
¡No, esos ojos eran una petición! Había confundido los signos. Durante algunos segundos malinterpretó al mundo y éste le entregó lo que íntimamente ansiaba… El brillo feroz, el crecimiento de las pupilas, las pequeñas arrugas en las comisuras de los labios, el fruncimiento leve de las cejas, la tensión del cuello, el lento crisparse de los dedos… Equivocaciones.
“Sólo así. Ese sería el precio. Yo debería pagarlo, como lo hacen todos. Pero estoy despierta”
Pidió la cuenta y miró los ojos de la mesa cercana, ahora diferentes. Las voces del café formaron un lúgubre coro, plañidero y fiel. Las sombras del sol fueron transformadas por las luces de las velas.
-Lo lamento. Hoy tampoco será posible. Gracias por su mirada- Dijo y salió, sintiendo esa rara presión de las huellas en su espalda. La constante presencia que no se acostumbra a soportar.
¡Carla! ¡Carla!
***
Suben tercos, confiados, con esa tierna obstinación que sólo poseen los creyentes. Sus pasos acentúan la claridad del pequeño sendero, facilitando el camino de los que vendrán. Cada pisada destruye una brizna de hierba, crea el delgado hilo serpenteante que lleva a la cima. Nada se opone. Ella los espera.
La montaña, poco a poco, cede. Pinos, eucaliptos y tierra la rodean. Todos se detienen respetuosos, incapaces de explicar la extraña sensación que repentinamente corre por sus cuerpos, la inconcebible necesidad de oxígeno que abre sus pechos y sus bocas. Nadie se atreve a cruzar el invisible círculo mágico… Hasta que Carla sonríe.
-¡Carla! ¡Carla!
Uno a uno se acercan. Cuentan sus historias. Sus temores, sus dolores y sus dudas van brotando, van tejiendo la inmensa soledad que recorre calles, mares, cafetales y selvas.
Carla escucha. Pocas veces, habla.
-¡Carla! ¡Carla!
25. PUNTOS SEGUIDOS
“El hombre es un dios en cuanto es hombre
Y cuando es un dios, es hermoso”
Friedrich Hölderlin
Cuando decidiste dejar a un lado las tareas y exámenes, nada inusual había sucedido. Simplemente te sentías extraña. El viento no era el mismo. Las miradas que se cruzaban en tu camino no recordaban miradas antiguas, aunque creías percibir que tampoco eran nuevas. En cierto momento, pensaste que podría deberse a la revelación escuchada por casualidad:
-“Somos chispas divinas de la mente de Dios, dioses individualizados. Los hombres somos dioses experimentando múltiples vidas en la tierra. Somos el Amor”
Sin embargo, no estabas segura y preferías evitar los sueños. Los hombres –en general- son tan inexpertos en el amor. Su egoísmo les cierra el camino de la sabiduría.
En tu mente, las ideas parecían pompas de jabón o fuegos de artificio; en tu cuerpo, únicamente se escuchaban sonidos abisales.
Al llegar al parque, te sentaste en esa posición a la que tanto recurrías –con una pierna allá, cruzada, segura al lado de la otra pierna- para ver hojas amarillas y hojas verdes. Tu risa hizo feliz a un transeúnte, cuando descubriste que no alcanzabas a diferenciar si eran hojas o mariposas.
La gente, absorta en su infinito número de pequeñeces, sólo observaba en ti a la colegiala, desperdiciando así la extraordinaria posibilidad de presenciar el nacimiento de una diosa.
Tu transformación –aunque lenta- duró lo que dura una sombra. El despertar trajo consigo memorias milenarias y con ellas al temor: un nuevo reino exigió tus cuidados. Sentiste entonces la inobjetable soledad de las divinidades, el constante fluir de su dolor. Supiste de las heridas causadas por la certeza del conocimiento. Advertiste la ausencia de calor en la inmortalidad.
Y poco a poco –demasiado pronto quizá- volviste al mundo. Tu mente, tu alma y tu cuerpo, rejuvenecidos por una experiencia olvidada, abrieron sus poros a la vida, al amor. Colores, aromas, sensaciones, visiones, emociones por tanto tiempo contenidas, brotaron e invadieron tu piel.
Inquieta, te miraste al espejo. Sonreíste. Con movimientos suaves –que pretendían postergar, pero no evitar- dejaste libres tus cabellos. Cambiaste tus oscuras ropas por amplias telas de colores.
¡Eras tan joven! Creíste que la tierra entera se amoldaría a tus deseos. Saltaste, corriste, bebiste de todas las fuentes. Encontraste a un hombre. Te entregaste enloquecida. Pero no recordaste que el amor es básicamente humano. Le diste más de lo que él podía recibir y recibiste menos de lo que él podía dar.
Tras el primer fracaso, llegaron otros y otros y otros. En pocos meses, pasaste de ser diosa a ser tan sólo sufrimiento. No se te perdonó el haber abandonado tu esencia.
Mas el tiempo es el tiempo. Lentamente reaprendiste el significado de las palabras “mujer” y “juventud”. Volviste a dudar, a temer, a soñar, a luchar.
En clase, te miraba y no encontraba ya las diferencias que antes veía, en relación con tus demás compañeras. Habías recibido la más difícil y la más terrible de todas las lecciones.
Hoy, no eres tú. Eres otra.
26. ¿CÓMO VENGARSE DEL SER SOÑADO?
Tenía una hermosa presencia. Incluso el lunar en la mejilla izquierda le resultaba atractivo. Él también se interesó desde el primer instante. Ya la había encontrado en tres ocasiones por los diversos salones. No cabía la menor duda. Decidió comprobarlo, saliendo a la claridad de la noche.
Caminó consciente de los movimientos de su cadera, acentuados por la pequeña falda. Como esperaba, el joven la seguía; sin embargo, no se le acercaba lo suficiente… O era demasiado tímido y aún dudaba o no lograba decidir en qué lugar la abordaría. Ella se sentía generosa hoy, así que eligió ser paciente. Empezó a disfrutar el olor de los eucaliptos, el frío nocturno, el silencio apenas interrumpido por las cigarras. Cuando volvió a recordar su conquista, miró hacia atrás con la certeza de encontrar a su admirador, pero no vio a nadie… ¿Qué había sucedido? ¿Por qué no se le había acercado, tras las claras señales enviadas por ella?
Entonces el temor la invadió. Allí estaba, sola, en medio de la oscuridad, únicamente rodeada por árboles y animales nocturnos, tontamente guiada por su orgullosa convicción de conocer la simpleza masculina, esperando disfrutar algunos besos apasionados y unas cuantas caricias temblorosas. Cerró hasta el cuello la chaqueta y se giró bruscamente para continuar su camino, por lo que casi tropezó con él. Seguramente había corrido por otro sendero, para salirle un poco más adelante y encontrarla de frente, esgrimiendo alguno de los torpes comentarios que siempre usaban los hombres para acercarse a ellas, en circunstancias similares. Por eso la sorprendieron aún más las palabras que brotaron de aquellos labios, ahora algo torcidos hacia abajo, y la lascivia que percibió en sus negros ojos:
-¿Qué le pasa mamita? No se me arrepienta a estas alturas. Mire como me tiene de excitado. Déjeme ver qué hay debajo de esa ropita.
Comprendió que se había equivocado. Su confianza excesiva la tenía a merced de aquel hombre. Rápidamente buscó -con sus ojos azules muy abiertos- hacia dónde escapar o a quién gritarle pidiendo ayuda, pero el golpe la lanzó violentamente contra el piso, sobre la hierba húmeda. En dos segundos, él estaba acaballado sobre ella, presionándole dolorosamente las manos con sus rodillas, arrancándole la chaqueta, la blusa, el sostén y estrujándole los tiernos senos con una furia demencial. Su boca maloliente le mordía los labios, los hombros, el cuello, logrando incluso que la sangre empezara a brotar. Su llanto pareció enfurecerlo aún más:
-¡¿Qué pasa, perra?! ¡¿No le resultó el jueguito como quería?! ¡Ya va a ver lo que es un macho de verdad!
***
Al recobrar la conciencia, sintió que le dolía todo el cuerpo. Las lágrimas surgieron a raudales; sin embargo, algo en el sonido provocado por su llanto, le advirtió que las cosas no encajaban en su debido lugar. Abrió los ojos. Asombrada, comprobó que estaba acostada en su cama, segura en la calidez de su habitación, abrigada por sus cobijas suaves, cubierta por la delicadeza de su pijama.
-¡Fue una pesadilla! ¡Dios mío, sólo fue una horrorosa pesadilla!- Gritó feliz a las cuatro paredes que atentamente la escuchaban.
Pese a ello, no resultó así de sencillo. La experiencia la había transformado. No quería que ningún hombre se le acercara o la mirara o le hablara; sentía náuseas cuando pensaba en besos o caricias. Ya no era la despreocupada mujercita que miraba con coquetería al mundo entero. Cada joven se transformaba instantáneamente en el violador, con su mirada y sus gestos. Cuando cerraba los ojos, veía su boca torcida, sus negros ojos, su lunar en la mejilla, mientras revivía su violencia verbal y física.
-¡Maldito! ¡Grandísimo infeliz! ¡Abusador desgraciado! ¡Quisiera tenerlo aquí, para torturarlo y matarlo!- Gritaba en su desespero. Y esa idea fue convirtiéndose en obsesión. Ni el sicólogo ni las amigas lograban disuadirla.
-¡Tengo que vengarme! ¡Me vengaré, aunque sea lo último que haga en esta vida!
Leyó libros. Investigó en internet. Consultó adivinas, brujas y astrólogos. Entrevistó clarividentes… Y esperó, con una paciencia que nunca antes había tenido.
***
Era una hermosa mujer. Ella también parecía interesada, desde el primer instante. La siguió en tres ocasiones, por los diversos salones. No cabía la menor duda. Se había dado cuenta de que la seguía. Decidió actuar. Salió tras ella a la claridad de la noche. Caminó admirando los movimientos de su cadera, acentuados por la pequeña falda; sin embargo, no se le acercaba demasiado. Podría asustarse… O era tonta, pensaba que lo había conquistado y por eso caminaba tan segura, o ni siquiera intuía lo que él pretendía. No disfrutó el olor de los eucaliptos, el frío nocturno, el silencio apenas interrumpido por las cigarras. Corrió hasta situarse estratégicamente adelante. Cuando ella miró hacia atrás para buscarlo, él dejó su escondite entre los árboles y caminó emocionado hacia la presa que creía indefensa… Por eso su sorpresa fue tan grande.
Ella dio la vuelta hacia él, con un revólver en la mano, los ojos azules inyectados con furia, mientras le decía despectivamente con la boca entre torcida:
-¿Qué le pasa papito? No se me asuste a estas alturas. ¿Usted no disque era muy machito?
Comprendió que se había equivocado. Su confianza excesiva lo tenía a merced de aquella mujer. Rápidamente buscó -con sus ojos negros muy abiertos- hacia dónde escapar o a quién gritarle pidiendo ayuda, pero el balazo lo lanzó violentamente contra el piso, sobre la hierba húmeda. En dos segundos, ella estaba parada a su lado, presionándole dolorosamente la mano con su zapato, disparándole en la otra mano, luego en la pierna derecha y después en la izquierda, con una ira demencial. Le escupió desde lo alto, observando la sangre que brotaba de todas las heridas. Su llanto pareció enfurecerla aún más:
-¡¿Qué pasa, imbécil! ¡¿No le resultó el jueguito como quería?! ¡Ya va a ver lo que es una mujer de verdad!...
***
Al recobrar la conciencia, sintió que le dolía todo el cuerpo. Los gritos surgieron a raudales; sin embargo, algo en el sonido provocado por su grito, le advirtió que las cosas no encajaban en su debido lugar. Abrió los ojos. Asombrado, comprobó que estaba acostado en su cama, sin heridas en el cuerpo.
-¡Fue una pesadilla! ¡Demonios, sólo fue una maldita pesadilla!- Gritó feliz a las cuatro paredes que atentamente lo escuchaban.
Pese a ello, no resultó así de sencillo. La experiencia lo había transformado. No quería que ninguna mujer se le acercara o lo mirara o le hablara; se sentía impotente cuando pensaba en besos o caricias. Ya no era el despreocupado varón que buscaba niñitas para violar. Cada jovencita se transformaba instantáneamente en la perra de ojos azules, con su mirada y sus gestos. Cuando cerraba los ojos, veía su boca torcida, sus ojos inyectados en furia, mientras revivía cada balazo.
-¡Maldita! ¡Grandísima infeliz! ¡Quisiera tenerla aquí, para violarla y luego matarla!- Gritaba en su desespero. Y esa idea fue convirtiéndose en obsesión. ¡Tengo que vengarme! ¡Me vengaré, aunque sea lo último que haga en esta vida! … Y esperó, con una paciencia que nunca antes había tenido.
27. LLANTO DE MUJER
El llanto entró por debajo de las puertas, por las celosías de las ventanas, se arrastró por los corredores y llegó hasta su cama; se detuvo un momento sobre la almohada, pero luego penetró decidido en su conciencia, despertándolo irremediablemente.
Era un llanto de mujer, sosegado, casi tranquilo, aunque constante como una cascada. Miró el reloj, sobre su mesita de noche: 3.30 a.m. Salió de las cobijas y caminó hacia el baño. Orinó, apoyando una mano contra la pared. Se lavó y tomo dos sorbos de agua. Fue hasta la cocina, para mirar qué luz estaba encendida en alguno de los edificios. Se trataba de su vecina del segundo piso. El llanto se escuchaba con mayor nitidez. Era un aviso luminoso en la montaña oscura. En su mente surgió el rostro moreno, el pelo largo, el cuerpo compacto y ágil.
-Ella no es ninguna tonta ¿Qué carajos le pasará? Debe ser algo serio. Quizá tendría que bajar y ofrecerle mi ayuda. Además, es muy hermosa…
Tras unos minutos de vacilación, la puerta se abrió. Tenía un pijama diminuto que dejaba casi todo el cuerpo al descubierto. No había intentado siquiera secar las lágrimas. Le miró desde una profundidad imposible de interpretar, antes de hacerse a un lado para dejarlo pasar. Él se le acercó, sin dejar de leer en sus ojos, dudando entre acariciarle los hombros o la cabeza o ceñirla directamente por la cintura. Fue ella la que entonces lo abrazó ansiosamente y le ofreció su boca. Se besaron y acariciaron con furia. Él la levantó por las caderas, mientras ella lo atenazaba con sus piernas, aferrándose a la cintura. Así la llevó hasta la habitación. Sin hablar, hicieron el amor, aunque el llanto de ella continuaba ininterrumpidamente su descenso hacia la tierra, invadiéndolo todo, como una inundación.
Cuando despertó, ya se había ido. Se sintió culpable, porque ni siquiera le preguntó por qué lloraba. Tras acostarse con ella, el sueño lo venció. Ahora no sabía qué hacer: si esperarla e interesarse por lo que le sucedía o irse y continuar con su vida cotidiana. Esperó aún una hora, pero luego se marchó incómodo. Como era sábado, permaneció en su apartamento –sin salir- con la esperanza de verla llegar o recibir su visita. Pero no se dio ninguna de esas circunstancias.
Sin embargo, no necesitó esperar mucho para saber de ella. Al anochecer, el llanto volvió a sacarlo de sus monótonas rutinas de fin de semana. Aunque dudó durante más o menos treinta minutos, decidió que el llanto de la mujer era su forma de llamarlo; si no deseara que él fuese a buscarla, lo habría ahogado o acallado. Tenía que bajar. Era su obligación de caballero… Y sonrió al pensar en la relación entre esta situación y su gusto por las historias de la edad media.
Tras abrirle la puerta, se dirigió hacia la sala y se sentó a mirarlo, sin decir ni una palabra. La tristeza que brotaba de ella parecía invadir toda la habitación. Él la percibió abriéndose camino dentro de su cuerpo, como una enfermedad. Una vez más se sentía incómodo, sin saber cómo actuar o qué decir. Permaneció callado, más por incapacidad que por elección.
-Gracias por tu silencio –dijo ella, al cabo de un tiempo eterno-. No son comunes los hombres que saben callar y son más extraños aún los que no hacen preguntas tontas, cuando la situación los sobrepasa. ¿Quieres un café o prefieres algo de licor? Yo me tomaré un café.
Ella caminó hacia la cocina sin esperar su respuesta, mientras él volvía a desearla, al observar su forma tan segura de moverse, cubierta únicamente por esa gran camisa de hombre. Pese a su tristeza, lucía realmente hermosa. Volvió con la tasa humeante en sus manos. Se sentó nuevamente en el sillón, subiendo las dos piernas largas -bien contorneadas, morenas- sobre el cojín, sin evitar la clara desnudez bajo su camisa. Mientras tomaba sorbos pequeños, continuaba mirándolo atentamente, como si lo examinara y esperara encontrarlo cometiendo una falta gravísima, para expulsarlo de su apartamento.
-Me habría gustado conocerte antes. Es una lástima. Sí, un desperdicio. Hasta eres físicamente bello.
Cuando él trató de levantarse e ir hacia ella, lo detuvo con un gesto brusco:
-¡No! ¡No te levantes! ¡Quédate allá! ¡Hoy no soportaría cercanías! De hecho, creo que es mejor que te vayas. Gracias por haber vuelto.
Se paró velozmente y se encerró en la habitación, sin que él pudiera siquiera contestarle. Tras otro momento de vacilación, él salió arrastrando los pies, con el deseo intacto, pero asaltado por múltiples dudas y extrañas deducciones. Aunque lo empequeñecía y lograba incomodarlo permanentemente, aquella mujer lo atraía cada vez más profundamente. Quería descifrarla y salvarla de su tristeza. Pero intuía que con ella nada resultaba fácil.
No la vio ni pudo hablar con ella en toda la semana. Era incluso posible que lo estuviera evitando. Nadie conocía su historia. Sólo los de la mudanza le habían ayudado con sus cosas, cuando llegó a la urbanización hacía unos cinco meses. Los porteros afirmaban que ninguna persona la había visitado, pero que frecuentemente ella dejaba de venir durante días e incluso semanas. Ningún vecino la conocía. Resultaba desesperante tanta ignorancia. Aquella mujer magnífica lo tenía obsesionado con sus misterios.
Fue nuevamente el llanto quien lo llamó. Sin perder ni un segundo, bajó a su apartamento. Tocó insistentemente la puerta, pero no le abría. Allí estaba, pero se negaba a abrirle. Empezó a desesperarse. “¡¿Esa tonta es que no entiende que quiero ayudarla?! ¡Parece que el que la necesitara fuera yo a ella! ¡¿Quién se estará creyendo?!”
-¡¿Abres la puerta o la derribo?!
Casi creyó escuchar el suspiro de resignación, antes de que la puerta se abriera a medias. Con su cuerpo y con su tristeza inmensa le obstaculizaba la entrada. Sus ojos enrojecidos lo miraban fríamente:
-Fui una estúpida al dejarte entrar antes. Me equivoqué. Saldrías muy lastimado si permanecieras más tiempo conmigo. Por favor, vete y no vuelvas más.
Tuvo que atravesar su zapato, para que no le cerrara; pero cuando presionó con el hombro, ella liberó la puerta y caminó hacia el interior del apartamento. La siguió. Observaba a la distancia desde el balcón. Cuando trató de acariciarle la nuca, se giró resueltamente para evitarlo, mientras le decía irónicamente:
-Como todos los hombres, crees que el sexo es la solución. Sin embargo, a muchas mujeres es lo que menos nos importa. Ustedes sólo son un poco de vanidad con dos piernas. El cerebro puede servir para algo que no sea conquistar vaginas, senos y caderas.
--Estás herida. No digas tonterías. Yo no busco únicamente sexo. Tu llanto es muy difícil de evitar. Escucharlo y no acudir resulta imposible para mí- Le contestó, tratando de ser lo más sincero posible, dadas las circunstancias.- Recuerda que no fui yo quien te causó todo ese dolor.
-¡Ay! ¡Mi pobre caballero andante! – Y él sintió entonces que ella era una mujer realmente muy perspicaz- ¿Notaste tu “únicamente”? Significa que acerté completamente al leerte... ¿Y percibiste el resto de tu frase? Significa que tu ego de “macho” ve la oportunidad de “salvar a una pobrecita e indefensa damisela”- Y, nuevamente, él comprendió que lo había descubierto sin ninguna dificultad. No era una mujer común. Incluso podría hasta ser mucho más inteligente que él…- ¿Y recuerdas el final de tus palabras? Traduce que te sientes herido, porque yo, la “pobrecita indefensa”, no me rindo incondicionalmente en tus brazos, ante tu “generosa ayuda”… ¡Imbécil! ¡Maldito, imbécil, engreído!- Y él ya no sabía si enfurecerse o pedir perdón o negar cada palabra. Incluso empezó a desear no haber venido ni haberla conocido…- Sí, mi tontito. Te lo advertí, pero aún así entraste usando la fuerza ¡Tú te lo buscaste!- Ella le hablaba como si leyera plenamente sus pensamientos, como si él fuese un niñito con cuerpo de hombre y cerebro de tonto.
Salió casi corriendo. Le parecía escuchar las carcajadas hirientes con las que ella lo despedía definitivamente… Pero unos segundos después volvió a recibir –como una bofetada- la marea creciente de su llanto. NI tapándose los oídos se libraba de él.
Únicamente entonces comprendió por qué lloraba. Había necesitado que lo destrozara como ser humano, que desvelara crudamente sus bajezas y torpezas, su diminuto valor como hombre, para -por fin- alcanzar a entenderlo. Ella estaba completa e irremediablemente sola en el mundo. Ningún ser humano, hombre o mujer, lograba ascender a su despiadada grandeza. Nadie podía –ni siquiera deseándolo- acompañarla en su soledad sin remedio. Obviamente, intentó ensayar algunas relaciones, pero siempre llegaba al fracaso. Él tenía el triste privilegio de ser su último intento desesperado… Y él –“¡Imbécil! ¡Maldito, imbécil, engreído!”- no le había llegado ni a los talones.
-¡Dios mío! ¡Pobre, magnífica, mujer!- Y unió su llanto al llanto de ella, como una corroboración de su nueva conciencia, porque ese llanto lo había despertado irremediablemente.
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