sábado, 19 de junio de 2010

OTROS CUENTOS

CUENTOS DE CARLOS AGUDELO

DEL SILENCIO

Mi vida cambió desde la primera vez que aquella mujer –sentada en la orilla- me miró, con esa nueva y extraña mirada. Yo también la miré, con mi mirada de barco en el estanque, deseando irradiar más fuerza que nunca.

Aunque no supe si ella comprendió todo lo que le decía en silencio, empecé a mover mis pequeñas velas, a describir enormes círculos, a navegar –durante diferentes espacios de tiempo- a favor y en contra del viento, a contarle de lo que había visto al otro lado del estanque, de las cosas maravillosas que encontré en sus rincones oscuros –y que alguna vez podría mostrarle-. Le hablé –y no me cansaba de hacerlo- en las horas que estuvo mirándome aquel día… También después, todos los días que vino a sentarse a la orilla para observarme con su deliciosa mirada.

En ocasiones vi que sonreía -¡era tan bella su sonrisa!-, y entonces navegaba a mayor velocidad creando unos círculos más perfectos, y permitía que mis velas se hinchasen al máximo, y que la brisa –en grandes rodeos- me acercase hasta ella, para luego alejarme lentamente. Así nos distanciamos o acercamos muchas veces… Y aquellas horas, ella desde la orilla mirándome y yo en el estanque hablándole con mis movimientos, fueron hermosas horas… Pero algo pasó. Aunque ahora intuía que nada era ni sería igual, sus miradas y sonrisas continuaban siendo cálidas para mí…

¡Su ausencia…! Al principio minutos, luego días, y al fin semanas de ausencia, y una profunda sensación de dolor recorriéndome en silencio… Supuse que quizá no comprendía mi lenguaje; que mis alegres danzas sobre el agua y el constante cambio en la posición de mis velas, sólo fuesen para ella lindos o graciosos movimientos sin ningún significado, y decidí hablarle, ya no con la plasticidad de mis palabras, sino con la desesperante restricción de las suyas.

Cuando tres días después ella vino al estanque, yo creía saber emitir los complicados sonidos humanos. Feliz, pensando en las transformaciones que el asombro produciría en su rostro, me acerqué confiado.

Traté de hablar, pero no pude. ¡Las palabras se negaban a brotar de mí! Una y otra vez lo intenté desesperado, consiguiendo únicamente destrozar mi calma, y atraer una lágrima que –burlándose de mi impotencia- luchaba por salir.

¡Y ella… Ella ahí, imperturbable, por momentos hasta fingió no verme!

Lloré, desconsoladamente… Lloré, porque ella no comprendía lo que le decía… Porque me ignoraba… Porque al fin entendí que iba al estanque no para estar conmigo, sino –quizá- para verse reflejada en sus aguas, para –extasiada- contemplar su mirada y su sonrisa, ¡pero no para estar conmigo!

Probablemente ella nunca imaginó que el agua que empezaba a inundar mi cubierta fuesen lágrimas… las lágrimas del pequeño barco… ¡mis lágrimas! Probablemente pensó que el frágil papel del barquito se deshacía, permitiendo que el agua le invadiera… Y sonrió… La vi sonreír por última vez, mientras que con sus manos arrojaba –en silencio- agua sobre el barquito del estanque.

ALGUIEN DIFERENTE

Todos, sin excepción, le miraban al pasar. Algunos se reían; otros, lo insultaban; unos pocos, serios, parecían estudiarle; los menos, sentían con él una extraña identificación.

Cuando llegué a la casa, supe que llevaba allí más de 10 horas, sin hacer ningún movimiento, al borde mismo del tejado, en la posición que acostumbran los presos en el patio de descanso o esperando su alimento: de cuclillas, los brazos cruzados sobre las rodillas, la barbilla reposando en los brazos cruzados.

No sabía qué pensar y mucho menos qué acción emprender. Al fin, decidí hablarle.

Con no pocas dificultades, logré subir al tejado y acercarme. Pero todo fue en vano. Ni se movió. Ni respondió a mis preguntas. Su mirada estuvo fija en la nada -como si mirara y fuese el único en ver- como si nadie existiese a su alrededor.

La noche aumentó mi nerviosismo. No podía encontrar mi tranquilidad con aquel hombre en el tejado. Comprendí que sería incapaz de dormir en mi casa, antes tan segura, con ese loco invasor acechándome inmóvil, como a la espera.

¡A la espera! En un momento creí saberlo todo con claridad.

Me miró un instante y luego, con movimientos extremadamente lentos, empezó a comer. Mi alegría era inmensa. Cada cierto tiempo me miraba y yo, satisfecho, le sonreía ampliamente. Cuando terminó, sin más, recuperó su inmovilidad. Quise arrojarle a la calle, pero –haciendo un gran esfuerzo- me contuve.

Así pasaron muchos días. Él en el tejado y yo llevándole su comida. Estaba convencido de que ganaría su confianza. Ya los curiosos ni siquiera se detenían a mirarlo. Todo volvía a la normalidad. Pero yo no estaba conforme. Deseaba saber quién era y qué era lo que realmente se proponía. Planeé diversas estrategias para obligarlo a hablar, hasta que me decidí por la más sencilla: no darle de comer.

Aquella noche la excitación no cabía en mi cuerpo. Sabía que al no llevarle su alimento, ya acostumbrado, algo tenía que pasar. Espié durante interminables horas. Pero el sueño me venció.

Desperté con el frío de la mañana. Al recobrar mi lucidez, salí presuroso a la ventana. ¡El hombre del tejado se había ido! ¡Sin avisarme, sin agradecerme, sin explicarme nada!

Contra todas las predicciones, incluso contra las mías, me entristeció su partida.

RESTAS

Un hombre sueña. En el sueño olvida la amorosa tiranía que sobre él ejercen las palabras.

Despierta. No recuerda el sueño. Sólo calla, aunque intuye que el silencio ya no dice nada.


INCAPACITADA


Se agotó el tiempo. Y no llegó.

-¡Muerte traidora, mentirosa, incompetente!- Grita furioso el inmortal.


EL DOBLE

Existió un hombre infeliz durante cada una de las horas del día, pero plenamente feliz en los sueños de la noche.

Murió a los 24 años, pese a que todos los sabios del lugar pronosticaron que viviría el doble.


PROFUNDIDAD

Una joven mujer mira desde mi escritorio, desde el fondo de la página en blanco. Sí, sé que es una extraña bruja de papel.


VIOLACIÓN

Esta hoja no será más la blanca hoja seductora.

PARÁBOLA

Sabe que allí está el sabio. En el espejo, sólo se encuentra él. En la diminuta cabaña, nada diferente al espejo. En la cima de la montaña, únicamente la pequeña choza. No existe error posible. Él es el buscador y el buscado. Así que sonríe. Abandona la persecución. Se dedica, con todo su ser, a vivir la nueva felicidad.


CANTO DE VIDA ALREDEDOR DE LA MUERTE

Ya mi decisión estaba tomada. Las noches pasadas en vela trajeron consigo las razones necesarias, para poner fin a los pensamientos que desde hacía tanto me atormentaban.

Aparecieron unas tras otras, irrefutables, con una claridad que exigía la acción. Pero razones tan perfectas, tan lógicas –con esa lógica y esa perfección que hasta entonces desconocía- me obligaban a desconfiar.

Por un instante, sentí de nuevo el deseo de vivir. Allá, en el fondo, como si presintiese en aquel abismo el pequeño movimiento que siempre había esperado. Comprendí que no debía pensar más, porque terminaría retractándome, como lo hiciera durante toda mi existencia. ¡Aunque fuese por primera y última vez, cumpliría con el propósito fijado!

Sin embargo, me di un plazo de 24 horas.

***
Quedan sólo 60 minutos. ¡Mis 60 minutos finales!

Transcurrirán –tal vez- lentos, en este estudio diminuto, entre mis empolvadas telas blancas.

¡Todo parece ahora tan diferente! Las antiguas ilusiones surgen en mi mente con una increíble fuerza de atracción, invitándome, seduciéndome con remozadas posibilidades.

Pese a mis sueños, los segundos pasan. Ya la muerte inunda la habitación. Oigo sus pasos descarados, imitando los movimientos de mi corazón. Siento en mi piel su sudor frío, sus pequeñas y casi irreconocibles manos.

En voz alta repito la decisión, para alejar un poco el temor que me invade.

Pasan ante mis ojos extraños momentos que tenía olvidados. Viajas sensaciones, cuerpos y rostros desfigurados por el tiempo. La vida y la muerte luchan confusamente en mi pensamiento. Algo parece haber terminado –lejos- entre la bruma que me envuelve. Pero no logro saber qué es. La hora se acerca.

Llaman a la puerta. Una, dos veces… No respondo… ¡No puedo hacerlo!

De nuevo el silencio me llena de mí. Casi logra asfixiarme este silencio que me arrastra un poco más hacia la muerte.

***

Ya nada existe. Sólo quedan estos 60 segundos y mi duda… ¡Falta un minuto y aún dudo!

DESHACER AL HACEDOR

La noche avanza inconscientemente. No sabe quién la observa. Con su silencio de mujer antigua, tampoco comprende la paz que regala. Un perro ladra miedo en la distancia; sus gritos absurdos perturban únicamente durante un instante. Sólo las luces en la montaña hablan de humanos. Nadie es mi testigo. Mejor así. Mejor para todos, incluso para mí. Tomo el portátil y escribo las palabras clave: asombro, perturbación, poesía. El mundo se deshace paulatinamente. Cada letra borra una a una las diminutas partículas, hasta convertirlas en vacío. Ya no existen ni seres ni formas ni sonidos ni olores ni sensaciones. Surgen entonces –provenientes de todas las direcciones- imágenes cargadas de emoción. Yo me agazapo respetuoso pero alerta, cazándolas con mis pequeñas redes, obligándolas a caer en trampas recién armadas, deteniéndolas con disparos temblorosos:

…El pobre fantasma no sabe qué hacer, dónde huir. Tras su patético intento de causarle terror a aquel ser, aparentemente inofensivo, se vio obligado a trasladarse a otro lugar. Pero allí escuchó su indescriptible risa. En un esfuerzo final cambió de dimensión, para descubrir que también allí lo esperaba. Se rindió entonces, antes de preguntar con la más lastimera de sus voces:

-¡¿Qué quieres de mí?!
-¡Nada! Eres uno de mis errores. Vengo a deshacerte…

Revivo ante el frío que ha invadido el cuerpo, como una araña astuta. Me levanto. Camino sobre la hierba recién cortada por mí. Es un aroma que disfruto siempre, pese a la repetición. Admiro el canto de la chicharra, la respuesta del viento, la angustia del tiempo anclado a la silla. Mas algo me perturba. Mis pasos no parecen míos. Son aún del Creador. Posiblemente su mente continúa ocupada con la imaginación, olvidando volver. Ocurre con cierta regularidad. Casi parece un vicio… Así que goteando sumisión, retomo el papel asignado. Desaparecen progresivamente las señales del universo en expansión; retroceden ante el poderoso sol de la mente. Quema, sin compasión, zancudos y mosquitos nocturnos. Invalida movimientos. Acalla palpitaciones.

El cansancio no es una excusa. Sin embargo, constato que sus ideas no surgen con la misma claridad o se detienen en el borde, como si las asustase el abismo hacia el que las lanza desde que existen en su memoria. Observa las nuevas manos hasta reconocerlas, al menos porque continúan unidas al cuerpo maravilloso. Sí, todavía la coherencia motiva al Creador.
De repente, en un acto mágico, la explosión del día ante los ojos, con sus blancos y grises, con sus azules y naranjas, con sus matices infinitos, lo ciega momentáneamente.

No se puede permitir que continúe la función: esa posesión infantil. Aunque en esta ocasión casi me engaña. Reconozco que ha madurado. Durante unas milésimas de segundo creí que Él era yo. Si no hubiese sido por la espectacularidad del cuerpo y del día, no lo habría notado:

…Parezco tonto. Le temo al demonio más que a nada en la tierra y –pese a ello- constantemente veo películas sobre el demonio. Esta noche me pasé de la raya. ¡Qué escenas tan horripilantes! No sé si podré dormir…
El diablo estiró las garras hacia él, mientras lo observaba con irónicos ojos rojos. El grito del pobre desgraciado lo expulsó de su propia pesadilla:

-¡Ay! ¡Era un sueño! No debo seguir viendo películas de terror… Pero al girarse en la cama, descubrió al demonio allí…
Acepto que las historias que brotan del computador, conservan un agradable sabor; aunque tristemente recuerdan obras leídas en alguna parte. Si se comportase como un Hacedor más original, quizá lo adoptaría. Pero ya me hartó. No le permitiré ni otro instante en mí.

Las galaxias deletrean su recorrido en el espacio y el tiempo. Los humanos viven sus vidas diminutas. Las emociones arrasan pieles y recuerdos. Los pensamientos palpitan tras cada ser. Los espíritus aceptan la integración. El escritor, vencido, detiene la escritura:

…Yo, el Hacedor, hacía y deshacía mis obras. Elegía por mí. Elegía por mis creaciones. Parecía un poder absoluto, pero el hastío me ocupó. No logré derrotarlo. He olvidado el camino que lleva al cielo. Yo, el Poderoso, reconozco mi debilidad: ¡Necesito! ¡No soy libre! ¡No soy feliz!

Al leer las últimas palabras, sonríe fríamente. Sabe que El Hacedor perdió hasta su orgullo. Nadie leería gustoso su insípida confusión. Resulta patética esa confesión final… Como el gato al ratón, decide regalarle sólo algunos movimientos más:

… Únicamente por un instante desearía conocer al Creador, sentir y pensar como Él. Observar todo desde la distancia, antes de destruirlo con su inigualable poder…

Las palabras avanzan inconscientemente. No sabe quiénes las leerán. Con su silencio de escritor vencido, tampoco comprende la paz que regala.

Un perro ladra miedo en la distancia. Sus gritos absurdos perturban únicamente durante un instante.

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